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Incómodo y amable, ese es monseñor.
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Solo algunos de entre nosotros gozan el don de la perspectiva. Son aquellos que abandonan la marabunta y durante unos segundos virtuosos entienden hacia adónde vamos.

Para acceder a ella, es necesaria una mente frugal, poco voluble a los apetitos, especialmente a la vanidad. ¿O no es sino vanidad creer que nuestro momento es poco más que un momento? Percibir la historia como un continuo, y ubicar en ella lo que le pasa a las personas, eso es perspectiva. Solo así se sabe si un pueblo ha avanzado o retrocedido.

Hijos aviesos de la coyuntura, no apreciamos a los que tienen la perspectiva del proceso histórico salvadoreño, especialmente porque al estar a favor de todos parecen no estar a favor de ninguno.

Uno de ellos, “rara avis” durante el último cuarto de siglo, ha sido monseñor Gregorio Rosa Chávez.

No importa cuándo ni dónde se le haya escuchado: su análisis sobre los temas nacionales giró sobre la nación y sobre lo imposible de su futuro si no se le apuesta a las personas, especialmente a las víctimas de la marginalidad y la impunidad.

Desprovista de las urgencias artificiales de la politiquería, sin las concesiones ni la benevolencia cómoda de algunos de sus colegas de ayer y ahora, su voz no ha sido necesariamente dulce para nuestros líderes políticos, sociales ni empresariales.

La mayoría de los personajes que pueblan la cúpula de los partidos políticos o lideran al Estado padecen de irrelevancia. ¿Cómo no serlo si su ejercicio es solo una función de las viejas fuerzas de nuestra historia?

Pobre El Salvador, su vida democrática debía tratarse de una discusión franca sobre modelo económico y modelo constitucional, pero atestigua solo una recreación dialéctica, un show vulgar en el que dos facciones empresariales, los dueños del mercado versus los dueños del Estado, simulan discutir sobre la gente.

Por eso un hombre con perspectiva es a la vez necesario e incómodo, para atizarnos, para sacudirnos, para guiarnos. Y más aún si como plataforma cuenta con un púlpito y goza de estatura moral.

Como hijo de este tiempo, no creo en la infalibilidad de hombre alguno. No obstante, si un reconocimiento merece el catolicismo es que sus jerarcas leen las épocas con precisión, a veces anticipándose a ellas.

En ese renglón, el papa Francisco ha demostrado un conocimiento brillante a partir de lo simple sobre lo que no solo la grey sino todos los salvadoreños necesitamos: foco.

Con la escasa lucidez que les permite su dogmatismo, las líneas de pensamiento cuscatlecas se hacen intermitentes las preguntas: ¿hacia adónde debemos dirigir el país? ¿A quiénes debemos poner en el centro de ese esfuerzo? ¿Para quiénes?

La acción de mentes como la de monseñor, capaces de superar las regulares cuitas de nuestra vida en sociedad y entender nuestro sino, es urgente y necesaria.

Más importante aún es la divulgación de su pensamiento. Accediendo a sus ideas se puede aprender mucho sobre el potencial para la generosidad y el sacrificio inherente a nuestra nacionalidad, del cual muchos en la Iglesia y afuera de ella fueron y son ejemplo.

Quizá la respuesta a esas tres preguntas, las de puerto, capitán y destino, sea una sola y tenga que ver con respetar la vida a toda costa, y que en consecuencia el Estado se comprometa con ella de modo militante. Y pese al cinismo en el cual abrevamos regularmente, admitamos que el significado de la vida solo se aprecia si se tiene fe.

Por eso esta es una brillante oportunidad para la Iglesia católica. Su Eminencia Reverendísima, monseñor, Gregorio, sea ahora, por favor, más incómodo que nunca.
 

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