Ruina de San Salvador

“...En diez segundos cayeron los edificios de la ciudad a plomo. No podía creerse que de tal manera se destruyera la ciudad. Muchas personas cayeron por el suelo a la agitación convulsiva de la tierra... la ciudad estaba en ruinas”.
Enlace copiado
Ruina de San Salvador

Ruina de San Salvador

Ruina de San Salvador

Ruina de San Salvador

Enlace copiado
Sabemos que los salvadoreños hemos sufrido duros e impresionantes golpes de la naturaleza. Al revisar el “Libro de las Efemérides” (1929), del periodista y escritor guatemalteco Federico Hernández de León, me llamó la atención leer “Ruina de San Salvador”, relato del terremoto sucedido el 16 de abril de 1854, hace 162 años, del cual comparto con ustedes gran parte de su texto.

Hernández destaca que a 50 años de haber sido fundada San Salvador por Diego de Alvarado (18/junio/1524), “sufrió por causas de un terremoto, su primera ruina”. Aunque sus habitantes “levantaron de nuevo sus viviendas, a los 18 años, otra sacudida derrumbó las edificaciones”, lo cual se repitió en “1625, 1798, 1854, 1873, 1879, 1917 y 1919. ¡En el transcurso de cuatrocientos años, nueve ruinas completas!”

Relata Hernández: “Asombra la pertinacia y el tenaz empeño de los salvadoreños en levantar sobre las ruinas, la nueva ciudad”... “El desastre salvadoreño de 1854... fue de tal intensidad, que las autoridades se vieron en la necesidad de cambiar de sede y se fundó la nueva San Salvador en terrenos de Santa Tecla”.

Acababa de asumir la presidencia de El Salvador José María San Martín (febrero/1854), “por elección popular”, cuando en “la madrugada del viernes santo, los vecinos se despertaron alarmados, por un movimiento brusco de tierra, seguido de retumbos y ruidos subterráneos”, mientras el sábado fue un día tranquilo y la gente continuó “en sus celebraciones de Iglesia”.

La noche del “domingo de resurrección... muchos se preparaban a recogerse cuando, a eso de las nueve y media... se produjo un movimiento de tierra tan brusco que obligó a todos los vecinos a dejar sus casas y salir a las calles y plazuelas”.

Eso fue milagroso, porque “a las once menos cinco minutos, se produjo otra sacudida tan violenta, tan ruda, tan intensa que, en diez segundos cayeron los edificios de la ciudad a plomo. No podía creerse que de tal manera se destruyera la ciudad. Muchas personas cayeron por el suelo a la agitación convulsiva de la tierra”. Y, “cuando se calmó un tanto la polvareda, se pudo ver... que toda la ciudad estaba en ruinas”.

“El alma salvadoreña estuvo a prueba. Todas las cañerías fueron rotas y las fuentes secadas; no se conseguía una gota de agua y por todas partes se oían los alaridos de dolor y de espanto. Los estragos materiales eran enormes... la destrucción de la catedral, cuya torre había caído sobre el centro de la fábrica; los campanarios de San Francisco hundieron el oratorio episcopal y parte del palacio; lo mismo pasó con las torres de Santo Domingo que, a su caída, hundieron el resto del edificio”.

La Universidad, “recién construida, fue abatida en su totalidad. De las habitaciones particulares, apenas quedaban unas cuantas paredes en pie. El desastre era completo... ¡Diez segundos habían bastado para la ruina completa!... y ante los ruidos subterráneos “parecía que en las oquedades (vacíos) interiores, se libraba un combate de titanes”.

El Diario Oficial informaba: “Una población numerosa aglomerada en las plazas y puesta de rodillas pidiendo al cielo misericordia a grandes voces, o expresando la desesperación que causa la pérdida de sus hijos y deudos que creían sepultados bajo sus escombros... (había) un olor sulfuroso tan pronunciado e intenso que ya parecía anunciar la próxima abertura de un cráter, sin ser posible huir, porque las calles obstruidas por paredes caídas... no daban paso...”.

Hernández llamó a este terremoto “abreviado remedo del Juicio Final”, aunque por haber estado la gente la noche a la intemperie, “el número de víctimas no pasa de cien y las personas mal tratadas no llegan a cincuenta”.

El Gobierno y “el obispado” se trasladaron a Cojutepeque y “el tribunal supremo de justicia y la Universidad” a San Vicente. Si bien el Ejecutivo designó una comisión, para señalar un mejor lugar para poner “los cimientos de la nueva capital”, terminó quedándose donde estaba antes.

Hoy El Salvador vive momentos de incertidumbre y desconfianza. Así como nos golpea la naturaleza, a veces las personas somos la causa de los males. Al recordar ese terremoto de 1854 y otras catástrofes, y ante nuestros actuales problemas, me atrevo a decir con plena confianza, ¡nuevamente vamos a salir adelante, somos salvadoreños!

Lee también

Comentarios

Newsletter