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Rusia, la tentación euroasiática

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David Hernández

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Luego del discurso anual del presidente Vladimir Vladimirovich Putin sobre el estado de la nación el 15 de enero, con el acento en las ayudas estatales a la familia y el fomento del poder legislativo, el gabinete en pleno renunció para facilitar cambios profundos potenciando más al Parlamento y al nuevo gobierno incluso con reformas a la Constitución. Putin busca prolongar su liderazgo, luego de 2024, cuando termina su último mandato permitido por la ley, dejando bien atados los hilos del poder.

Con un nuevo presidente en 2024 Putin podría ejercer de árbitro supremo, por encima de la arena política nacional con una posición a su medida, a semejanza de Nursultan Nazarbayev, en Kazajistán, que en 2019 se retiró del poder, convertido en padre de la nación, depositando la presidencia a un líder de su confianza. O como el reformista chino Deng Xiaoping en sus últimos años, alejado formalmente del gobierno, pero con más autoridad y flexibilidad para controlar la política y la economía del país. El verdadero poder tras el trono.

También podría mantenerse como jefe del Consejo de Estado –un cuerpo político reforzado por su planeada reforma constitucional– y del Consejo de Seguridad de Rusia, u otra variante que le asegure un sutil pero férreo dominio en un futuro gobierno.

Tras estas cruciales decisiones está el rol de Rusia en la geopolítica mundial. Putin ha rescatado del naufragio de la era Yeltsin la posición de Rusia en el mundo como potencia atómica. Ha recurrido a dos columnas vertebrales nacionales: los idiomas eslavos y la religión cristiana ortodoxa. Con intervenciones en el espacio postsoviético –Bielorrusia, Ucrania, Kazajistán con mayoría rusa–, en países eslavos como Serbia, o con presencia significativa de población y cultura rusas como es el caso de la península de Crimea y el oriente de Ucrania. Ahí se proclamaron las repúblicas separatistas prorrusas de Lugansk y Donetsk, igual en la República prorrusa del Transdniéster, entre Moldavia y Rusia. También hay influencia rusa en los países bálticos con gran porcentaje de rusos, Letonia, Lituania y Estonia, así como en las repúblicas centroasiáticas de Tayikistán, Kirguisia, Turkmenistán. Y en las estratégicas regiones euroasiáticas del Cáucaso como Daguestán, Sudetia, Chechenia, Ingushetia, Balkaria, Circasia.

El proyecto de una Rusia bicéfala, como el águila imperial zarista, afianzaría su posición en Europa y Asia. Ello explica la decisión de apoyar al presidente sirio, Bashar al-Assad, que luego de ganar la guerra ha convertido a Putin en el árbitro regional.

Como potencia euroasiática, el país más grande del mundo ha buscado la cooperación con aliados "duros" como Irán, China, Corea del Norte, y con "suaves" como Turquía, potenciando relaciones comerciales con Arabia Saudí, donde proyecta vender el sistema de defensa antiaéreo ruso S-400.

El sudeste asiático aliado abarca Viet Nam, Laos y Camboya, incluso Filipinas.

China, aliado coyuntural ruso, es neutralizada por las excelentes relaciones con India.

En Latinoamérica, Venezuela interesa a Rusia por sus recursos naturales y las astronómicas deudas por cobrar. Cuba seguirá siendo subsidiada y Nicaragua es una incógnita.

El arte de la guerra y la política en Rusia, un coloso con pies de barro, ha sido llevado a su clímax por Putin, para quien si la hegemonía mundial no es alcanzable ha conseguido una superioridad relativa haciendo hábil uso de sus posibilidades.

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