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Salarrué y la manera de mantener a los niños en la escuela

Es así de sencillo, la escuela debe contar con los imanes suficientes para atraer la atención de los niños y para mantenerlos en su interior.
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Ricardo Bracamonte / Máster en Evaluación y Política Educativa

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Evitar, por todos los medios, que el niño o el adolescente abandone la escuela constituye, en definitiva, la misión más importante del maestro en la escuela pública salvadoreña de hoy.

Parece una tarea sencilla; sin embargo, ahí se esconde parte de la respuesta de uno de los problemas de mayor magnitud del sistema educativo: La deserción escolar.

Centenares de niños de segundo ciclo se van anualmente de la escuela antes de terminar sexto grado y en el caso de los de noveno grado, la situación se vuelve más alarmante.

En mucho ayudaría que la escuela se convirtiera en espacio motivador, lleno de entusiasmo, lleno de diversión, lleno de aprendizaje significativo. Un espacio atrayente para los niños y jóvenes que están afuera y estimulante para los que están adentro.

Salarrué, uno de los más grandes escritores de nuestro país, en el artículo “La diversión de la Enseñanza (conferencia imaginaria en una asamblea de maestros y estudiantes de primaria)”, publicado en el periódico Patria, en la década de 1930, manifiesta que la escuela salvadoreña debería ser un circo-escuela en donde el maestro, señor vestido de levita y de chistera, con grandes bigotes, interpretará para los niños los juegos y las películas educativas. El payaso será un libro de carne y hueso. Los textos estarán representados por los distintos números del programa, escritos o imaginados por maestros artistas. Los creadores de novedades en materia de espectáculos trabajarán para la escuela y los actores parlantes o acrobáticos, trágicos y cómicos, desempeñarán la doble misión de divertir y enseñar. Se dará el caso de caballos, elefantes y perros que enseñen a leer a los niños y las lunetas del circo adoptarán la forma de pupitres. ¿qué niño va a resistirse entonces a ir a la escuela?, pregunta Salarrué a los asistentes imaginarios.

Es así de sencillo, la escuela debe contar con los imanes suficientes para atraer la atención de los niños y para mantenerlos en su interior. No por la fuerza, sino por la curiosidad, por la pasión que tiene el estar ahí. La escuela, en todos los niveles, debe despertar curiosidad, novedad, misterio de lo nuevo.

Debería quedar abolida la lucha terca entre el querer enseñar y el no querer aprender porque la enseñanza se ha convertido en una diversión y ningún niño se resiste a divertirse.

Cuando el muchacho pase de la escuela de la diversión a las escuelas superiores, a través de una preparatoria adecuada, llevará consigo el niño dentro del hombre, y esto es lo que importa más que todo.

En todos los pueblos del país veríamos desde lejos la linda carpa del circo escolar... y por las noches ¿quién nos dice que la escuela no se dedique a entretener a los adultos –como cualquier circo de la actualidad– con el objeto de que la escuela se sostenga sin la mayor intervención del Estado? El pueblo tendría además un local adecuado para asambleas de toda clase (menos políticas, desde luego), para recibir conferencias y para celebrar fiestas.

Gracias, Salarrué, por habernos invitado a reflexionar a través de esta conferencia imaginaria dictada hace casi un siglo.

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