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Sálvese quien pueda

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Publicista y comunicador socialComienzo este artículo conjurando cualquier prejuicio chocarrero que me juzgue por emitir opiniones desde mi posición imparcial, sin pasionismo ni atrincheramiento ideológico de ninguna especie. Y cómo no ser imparcial, si está comprobado que ninguna tendencia partidaria ha ayudado al país a resolver sus graves problemas. Francamente pienso que el partidarismo político es modelo fallido y la alternancia no parece tener sentido.

Ni derecha, ni centro, tampoco la izquierda, tienen validez moral para considerarse artífices de efectividad gubernativa alguna. Están en deuda con el país. La escalada de ineficiencias e ineptitudes políticas acumuladas durante décadas nos tiene ahora sufriendo un nuevo conflicto: una guerra social irregular que de remate es informal y anónima, producto de –¡habrase visto!– un “Estado Informal” en manos de gobernantes abusivos convertidos en “palabreros oficiales” que generaron durante su gestión una indignante política pública en favor de la delincuencia, y más escandaloso, sin acuerdos escritos y debidamente protocolizados, como la mentada tregua. Esto último confesado por los propios autores y actores de esta acción oficial que en su momento fue publicitada con bombos y platillos, adentro y fuera del país, pero que terminó en cuete soplado entre “¿honradores de palabras?”

La historia está repleta de ideas buenas y brillantes que se pueden calificar de “ideotas”; pero también hay ideas malas, perversas y tontas consideradas “idiotas”, y al parecer ese fue el caso de la tregua, que sirvió para vulnerar la seguridad ciudadana, trastornar la institucionalidad del país y hasta para complicar la gestión gubernativa e imagen política al actual Gobierno, que ahora carga con el endoso de una tremenda informalidad, el colmo de la incivilidad y el adefesio social de esta nueva forma de hacer política.

Cualquiera que haya sido el móvil de tan inverosímil política pública, su nefasto legado transmitió a grupos ilegales, perversos y malignos, equivocadas señales que se convirtieron en rendijas interpretativas erráticas de absurda formalidad para estos ilusos grupos que de inmediato asumieron los impugnables acuerdos como licencia para imponer la guerra social irregular e informal que ahora sufrimos, y que por sus propias características se ha tornado en una crisis de violencia más peligrosa que la pasada guerra político-militar.

Cuesta creerlo, entenderlo y asumirlo, pero los salvadoreños enfrentamos un nuevo conflicto nada convencional ni revolucionario, sino una guerra social diferente: anormal, irregular, amorfa, sin cuadros ni combatientes localizables ni dirigentes referenciales; y lo más trágico, sin propósitos razonables ni causas justificables para el ejercicio de la violencia.

Delincuencia pura, perversa y fantasmagórica; accionada por el crimen organizado en sus diferentes expresiones. Con prácticas crueles y despiadadas, generadoras de miedo, angustia, desesperación, impotencia y paralización social; causas que siguen alimentando el sentimiento migratorio en nuestra población, que no detendrá su éxodo hacia el norte como ruta de escape.

Sin duda, la tregua fue antesala decisiva que junto a la corrupción han propiciado la trágica realidad que estamos experimentando todos. Y el contexto indica que el fenómeno seguirá expandiéndose a no ser que la ciudadanía reaccione, actúe y ayude a detenerlo, porque mientras el terrorismo criminal rebase el respeto y el temor hacia la autoridad policial y al ejército, a los salvadoreños solo nos va quedando pensar y decir: ¡Sálvense quien pueda!

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