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San Josemaría: un hombre profundamente enamorado

Es que el papa no es una persona importante más, sino el Vicario de Cristo, del "Dulce Cristo en la Tierra", como le gustaba decir a Santa Catalina de Siena y repetir a San Josemaría.

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El 26 de junio de 1975 entregaba su alma a Dios un hombre profundamente enamorado y por ello profundamente feliz, cuya vida ha tenido un eco universal. El 6 de junio de 2002 fue canonizado por San Juan Pablo II: San Josemaría. Escrivá.

San Josemaría fue calificado por Juan Pablo II el día de su canonización como el "santo de lo ordinario", precisamente porque enseñó a santificar la vida corriente y las circunstancias normales de cada día. Pero uno de esos "brillos" particulares, que reluce especialmente en la actualidad, es su amor al papa.

El cariño al Romano Pontífice y a la Iglesia no constituía un aspecto marginal, anecdótico o decorativo de su vida; todo lo contrario, debía situarse en el centro de la misma: "Cristo, María y el Papa" eran para él los tres amores de su vida, que quería que fueran para sus hijos del Opus Dei y deberían serlo de todo cristiano.

Desde pequeño tuvo cariño por el papa, pero ese amor fue creciendo y madurando a lo largo de su vida: se fue haciendo cada vez más profundo, más apoyado en Dios.

No es pensable imitar a Cristo sin amar a su Madre, ni amar a Cristo sin amar aquello por lo que Él se entregó y derramó toda su Sangre: la Iglesia, según dejó muy claro San Pablo: "Cristo, María y el Papa" deben estar en lo más profundo del corazón de todo cristiano.

La primera noche que pasó San Josemaría en Roma, en 1946, tuvo la fortuna de alojarse en una casa cercana al Vaticano, desde donde podía verse la habitación papal. La emoción de estar tan cerca del papa le llevó a pasar toda la noche en vela, de rodillas, en la terraza de ese alojamiento, orando por el papa y mirando su habitación.

Años más tarde, en las diferentes audiencias que mantuvo con los diversos papas (Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI) siempre manifestó la profunda emoción que le causaba estar con él.

Es que el papa no es una persona importante más, sino el Vicario de Cristo, del "Dulce Cristo en la Tierra", como le gustaba decir a Santa Catalina de Siena y repetir a San Josemaría. Esa ha sido parte importante de la herencia que San Josemaría quiso dejar a sus hijos del Opus Dei: el gran amor a Cristo, a María y al Papa, concretado en detalles de oración, sacrificio por él y apego a su doctrina.

Por ello haríamos muy bien en leer con atención y meditar lo que dice el papa Francisco –sin la criba mediática muchas veces desorientada– para comprender y vivir con profundidad nuestra fe.

Gracias a Dios, continuamente el papa recibe numerosas pruebas de afecto, pero esa debe ser una actitud de fondo en todo cristiano, para que salga fortalecido y acrisolado en su fe durante las dificultades.

No se trata de que me caiga bien o me guste lo que dice, sino de que acepte la doctrina como es, como venida directamente de Dios. Acudamos en ayuda a Nuestra Madre, Santa María, para ponerla por obra en la vida diaria: en el trabajo, en la familia, en el trato con las personas que nos rodean.

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