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¡Se acabó! ¿Lamentarnos o replantearnos?

Se terminó el año (quizá cuando se publique este artículo solo faltarán unos días u horas), pero el punto es que feneció, finalizó, se acabó, no hay manera de volver atrás. Es inútil lamentarse sobre lo que se hizo, se dejó a medias o lo que no se logró concretar.
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Lo importante ahora es agradecer al cielo –en mi caso– que puedo escribir una opinión y ustedes porque pueden leerla, por lo tanto no fuimos una cifra más de los fríos y mortales números que alimentan las estadísticas del crimen en El Salvador. Gracias a Dios que estamos vivos dicho de otra forma.

Cualquiera que sea la circunstancia en la que nos deja el año que se va, debemos reconocer que fueron nuestras decisiones las que determinaron el presente con el cual enfrentaremos 2017. Es cuestión de fe para comenzar de nuevo y actitud para hacer lo que nos corresponde como seres humanos. Lo demás está determinado por la voluntad de Dios.

Es importante acotar que no se trata exclusivamente de hacer nuestra tarea en el entorno individual y familiar, sino de asumir una responsabilidad frente a la colectividad, esa que nos convierte en seres sociales que estamos destinados a interactuar para contribuir a que las cosas caminen en coherencia con el bien común: trabajando, creando, criticando, aportando y sirviendo.

Si revisamos en el plano personal lo que hicimos para superarnos a nosotros mismos y el balance es por debajo de poco, entonces debemos desafiarnos con preguntas radicales: ¿Hicimos siquiera lo necesario para ser mejores? ¿Dónde queremos estar dentro de un año por estas fechas de 2017? ¿Celebraremos que logramos metas establecidas o lamentaremos que no hicimos lo suficiente para nosotros o para la Nación?

Tengamos cuidado cuando hagamos “propósitos de año nuevo”, porque los tales son como los deseos, pueden darse o no, y a veces ni a nosotros mismos nos importa. En cambio si logramos definir los objetivos de nuestro rumbo con sus respectivas metas podremos medir los logros y por tanto, saber si avanzamos o nos estancamos en la rutina.

El año 2016 está viejo, ya vivió la mayor parte de su tiempo y nunca jamás volverán las oportunidades que nos puso enfrente, que si las aprovechamos o no, eso ya a nadie le importa. Su muerte es inevitable y con ella nuestras mejores intenciones y más grandes deseos de lo que quisimos hacer a la largo de 365 días que vivimos en este país donde se mide la capacidad de sobrevivencia en cualquier ámbito. ¿Lamentarnos o replantearnos? Aquí está el desafío.

El horizonte podrá verse lejos o cerca, esa es una disyuntiva que depende de muchos factores, es cierto, pero en lo que a nosotros respecta debemos estar convencidos de que fue el año el que murió, no nuestros sueños.

¿Hacia dónde va El Salvador? nos preguntamos la mayoría, pero esa no es la interrogante, pues es claro que todos queremos ir al encuentro de la paz, el desarrollo y el bienestar común, nadie puede oponerse a eso. Las preguntas son: ¿Cómo y qué hacer para llegar allí? ¿Cuánto estamos dispuestos a aportar desde nuestros logros individuales para impactar en avances colectivos de país? ¿Quién se atreve a liderar las respuestas? Y si no hay nadie comencemos por nosotros mismos en el ámbito que podemos decidir: el personal.

No será fácil, pero tenemos vida y una inquebrantable fe de que para Dios nada hay imposible, menos en El Salvador, donde somos más los que creemos que Jesucristo está al mando del timón de nuestra vida y de la Nación.

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