Se desata la violencia en diversos reclamos de naturaleza social

Toda esta convulsión recurrente fue perfectamente evitable. Ahora, se trata de ir buscando formas efectivas de ordenar las cosas, de recoger los cabos sueltos y de sentar bases efectivas para la paz social.
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El pasado martes se vivió en el país una jornada de cierres de carreteras y airadas protestas que culminaron en violencia, cuando excombatientes de la Fuerza Armada exigían compensaciones de carácter económico como veteranos de guerra. Estas protestas generadoras de desórdenes vienen produciéndose constantemente por las demandas de diversos sectores, de manera más intensa en las áreas de salud, educación, comercio informal y transporte. Tal situación ha venido a complicar aún más las perspectivas nacionales, en un momento en que hay creciente incertidumbre política y en que los índices económicos muestran un deterioro muy preocupante.

Cada caso tiene desde luego su propio origen y su propia lógica de desenvolvimiento, pero lo que va resultando común es que se formen mesas, se hagan compromisos ocasionales, venga luego la disputa sobre el cumplimiento de dichos compromisos, los desacuerdos se conviertan en recriminaciones mutuas y de ahí se vuelva a la calle a la protesta usual. Es claro que la mecánica de tratamiento de la problemática social no funciona como debería, y que esto sigue produciendo la victimización ciudadana de siempre, sea por la vía de los trastornos que causan las protestas en sí o sea por el impacto desmotivador que todo esto genera en el normal desempeño de la vida económica.

En el punto específico de las demandas de los excombatientes, resulta sintomático que esta cuestión esté reviviendo con tanta virulencia cuando ya están por cumplirse 21 años del fin del conflicto bélico. Es que en los últimos tiempos se ha abierto de manera muy poco previsora la gaveta de las dádivas, y al hacerlo las peticiones se multiplican. Es cierto que hay que atender las necesidades de los menos favorecidos dentro de todo el ámbito social, pero hacerlo implica ir midiendo cuidadosamente las posibilidades financieras reales así como hacer cuantificaciones realistas sobre lo que se pide y con qué base se pide. Si no, lo que se está promoviendo es una especie de anarquía de muy difícil control posterior.

Además, en este caso habría que actuar de manera inequívocamente equitativa, pues se trata de excombatientes de dos bandos que estuvieron en guerra y que hoy forman parte de una misma normalidad. Por otra parte, en todo esto van quedando las semillas de otras formas de descontento no organizadas pero también muy sensibles. Si se les conceden ventajas a los excombatientes, que eran los que peleaban, ¿por qué quedan en el olvido la infinidad de víctimas del conflicto, que no tenían nada que ver con la guerra? Hay que tener cuidado, pues, para no seguir abriendo cajas de Pandora. Es imaginable lo que ocurriría si se dejaran atrás las amnistías y se pasara a una fase de juzgamiento judicial de culpas de entonces.

En otras palabras, volvemos con todo esto a recibir los efectos postergados de no haber ido cumpliendo a tiempo las distintas tareas que el fin de la guerra le dejó a la posguerra. Recuérdese, para precisar los alcances de esta fase de nuestro fenómeno evolutivo, que la democratización nunca se da por movimiento espontáneo: hay que ir calculando y programando cada uno de sus pasos. No lo hicimos en sus respectivos momentos: hoy hay que hacerlo de urgencia. Toda esta convulsión recurrente fue perfectamente evitable. Ahora, se trata de ir buscando formas efectivas de ordenar las cosas, de recoger los cabos sueltos y de sentar bases efectivas para la paz social.

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