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Se engaña solamente una vez

Coordinador iniciativa El País que VieneLa nueva moda de los outsiders en la política es cautivante y contagiosa.
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En cada generación se suman nuevos actores, pero es la coherencia la que les debe legitimar. La efervescencia que causa el desgaste y el descontento respecto a la clase política es el combustible que alimenta el ego de los nuevos actores en las arenas movedizas del poder. Hay que tener presente que, como manifestación del clivaje social y como profesión, la función pública es una carrera de fondo.

La revolución del sistema inicia con una llave que está adentro. Los partidos son el vehículo clave para que el ciudadano se vuelva representante en el poder. Las nuevas formas, como las candidaturas independientes, deben ser probadas. La opinión pública, cada vez más influyente, se ha alimentado de los asombrosos descubrimientos de los entresijos; Sí, la política cambió con las Redes Sociales: se banalizó.

Nada sucede por arte de magia en ese mundo, hasta las caídas tienen una motivación. El desencanto hacia la vieja forma debe ser cuidadosamente retomado por la nueva generación, esa que se encuentra limitada por circunstancias, pero es más crítica, más formada y más conectada; es un grupo representativo de jóvenes en la vanguardia del país moderno, sensibles al descontento social y traductores de la crítica y visionarios de las transformaciones en las más diversas profesiones y posiciones.

La función pública es la primera frontera del ejercicio político. Y los jóvenes tienen el legítimo derecho de ver en ella una opción noble para servir a su país. Pero los nuevos rostros cautivantes y efervescentes pueden convertirse en dictador millennial. Pueden ser igual de dañinos que aquellos dictadores de la vieja escuela. Si su proyecto es un huracán de humo, si sus principios están minados por la avaricia del simple poder. Hay quienes caen en las quimeras de la capitalización del descontento y la invención de enemigos como fórmula para ser un caudillo 3.0 revestido de populismo.

El sistema sigue intacto, son la vocación, la emoción y el encanto los elementos que deben llenar de espíritu a la política. Es el liderazgo renovador y efectivo, y no el ataque forzado y sistemático, el que posibilitará un rumbo certero. Menos publicidad, más transparencia, más grandeza, menos retórica. Se requiere un fortalecimiento del sistema electoral, mayor participación, representatividad social, inclusión y transparencia. Quien llegue a gobernar debe hacerlo con responsabilidad, debe ser legitimado, primero, por sus convicciones; debe comprender que recuperar este país es una tarea donde cabemos todos.

Una ola de encanto se apodera de las futuras elecciones presidenciales, la joya de la corona. Con una sociedad que vota sin leer los programas electorales, con un país con memoria corta, no está asegurado el éxito del más coherente y responsable.

Nos podrán mentir, pero deben saber que solo se engaña una vez, cualquier proyecto cegadoramente brillante, elocuente, fugaz y sostenido por columnas de humo podría triunfar. Pero solo triunfará una vez, con el riesgo de condenarnos a seguir viviendo el círculo vicioso de la prueba-error. Nuestra débil situación no merece más equivocaciones.

No lo hemos hecho bien hasta ahora: la polarización es la manifestación de nuestra división social. No solo importa que el siguiente presidente sepa escuchar, que proponga un sueño realizable y que presente un programa coherente, no. También será necesario que tenga la solvencia moral para mirarnos a los ojos cuando culmine su mandato.

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