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Se ha ido Roger Scruton

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Federico Hernández Aguilar

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Víctima de un agresivo cáncer que le había sido detectado apenas seis meses antes, hace dos semanas falleció en Inglaterra, a los 75 años, el filósofo, politólogo, escritor y catedrático Roger Scruton, un referente del pensamiento conservador europeo al que la izquierda progresista le colgó todos los epítetos posibles y al que el liberalismo institucionalizado veía con metódica sospecha. Para describir la atmósfera adversa a la que debió habituarse Scruton, vienen perfectas aquellas palabras del poeta y columnista español Enrique García-Máiquez: "Dura vida la del intelectual de derechas: despreciado por los intelectuales por ser de derechas, y por la derecha por ser intelectual".

Con una formación académica envidiable, gran sentido del humor y medio centenar de libros publicados, Roger Scruton era la viva imagen del tipo de pensador al que nadie podía permitirse ignorar, aunque solo fuera para vilipendiarlo (actividad indecorosa que sus adversarios convirtieron en una especie de deporte). Por eso, en todo lo que escribió, pero principalmente en sus ensayos sobre ética y política, la mirada crítica del hombre libre de ataduras ideológicas se muestra siempre audaz, desenfadada y coherente, algo que ni los progresistas ni los oportunistas le perdonaron nunca.

Tan pronto como en 1968, mientras observaba horrorizado a sus jóvenes colegas parisinos destruir con mórbido placer las vidrieras de los almacenes –era el apogeo del "Mayo francés"–, Scruton experimentó un sobresalto de conciencia: aquellos jóvenes que creían hacer una revolución al ritmo de sus hormonas, en realidad no tenían más ofrecimiento al mundo que eslóganes marxistas. Fue entonces cuando supo que se opondría a toda forma de totalitarismo "liberal" (en la acepción anglosajona del término), ofreciendo la alternativa del sentido común y de la genuina libertad. "Ser conservador", afirmaría después, "parte de una intuición que todas las personas maduras pueden compartir sin problemas: la percepción de que las cosas buenas son fáciles de destruir pero no son fáciles de crear".

En la década de los ochenta, Roger Scruton se empeñó en acreditar las más arduas incorrecciones políticas: defendió la verdad, el bien y la belleza como instrumentos civilizatorios, abominó del feminismo igualitario, criticó a sus colegas existencialistas, la emprendió contra el socialismo en cualquiera de sus vertientes y reunió detrás suyo a brillantes figuras del tradicionalismo europeo, dándoles espacio en la revista que fundó y se mantuvo editando hasta 2001: "The Salisbury Review". Congruente con su apuesta vital por la libertad, en 1985 fue detenido y expulsado de la Checoeslovaquia comunista por organizar una red educativa que ilegalmente promovía –incluyendo contrabando de libros y diplomas– los valores occidentales entre los jóvenes checos.

Visionario fatalista de la complejidad del alma humana, una de sus sentencias sobre los errores de la educación moderna quizá sirva para observar con ojos más escrutadores a los actuales "millennials": "Si remplazamos la ciencia pura por la matemática aplicada, la lógica por la programación de computadoras, la arquitectura por la ingeniería, la historia por la sociología, el resultado será una nueva generación de filisteos bien informados, sin verdadera educación y sin encanto".

Pese a las terribles acusaciones de radicalismo que se le hicieron a lo largo de los años, su actitud ante quienes le criticaban fue siempre de inamovible respeto, en un intento genuino por comprender sus razones antes de enfocarse en sus fallas. Consecuentemente, de ninguno de sus detractores obtendremos una frase tan valiosa como la siguiente: "La gente de izquierdas encuentra muy difícil llevarse bien con la gente de derechas porque cree que es malvada. Yo, en cambio, no tengo ningún problema en llevarme bien con la gente de izquierdas porque creo que simplemente está equivocada". Descanse en paz, Roger Scruton.

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  • Roger Scruton
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  • The Salisbury Review

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