Se habla constantemente de la necesidad de entendimientos nacionales, pero lo que hay que activar es la disposición de todos a entrar en ellos

En estos días estamos por entrar en la segunda fase del año, que concluirá inmediatamente antes de las festividades agostinas, y los meses que vienen se deberían aprovechar constructivamente para emprender iniciativas que desplieguen una auténtica dinámica dialogante.
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La democratización que los salvadoreños vimos nacer hace ya más de 30 años ha tenido que cargar con una guerra armada de más de una década y con una posguerra altamente desafiante que está por cumplir su primer cuarto de siglo. Construir democracia es siempre tarea de gran complejidad, que no puede tener calendario fijo, porque se trata de una construcción sucesiva en el tiempo, conforme a las demandas que éste vaya trayendo consigo. En definitiva, la misma realidad va definiendo la agenda de trabajo, y por ello es decisivo que en ningún momento se tome la realidad a la ligera, y sobre todo que no lo hagan todos aquellos que tienen un rol determinante en las decisiones conductoras del proceso nacional.

Hemos visto hasta la fecha múltiples y variadas iniciativas de “diálogo” en lo referente a los grandes problemas de país que están pendientes; y ponemos la palabra entre comillas porque para que haya diálogo productivo de resultados consistentes y suficientes no basta con que una buena cantidad de personas se sienten alrededor de una mesa a hablar de asuntos específicos sin método ni agenda pertinentes. En realidad, lo que en el país se está necesitando es una dinámica de entendimientos asumida desde el primer instante como tal; y, por consiguiente, se requiere que desde ese primer instante se aborden las cuestiones del caso con la profundidad, la metodología y el compromiso debidos.

Desafortunadamente el accionar político concreto lejos de ayudar a que el verdadero diálogo pueda prosperar en acuerdos sustantivos lo que ha hecho es desactivar de entrada las posibilidades del mismo, con una insistencia obsesiva en las descalificaciones mutuas y con una tenaz resistencia a pasar de la improvisación sesgada por los intereses sectoriales y de línea ideológica hacia un auténtico manejo inteligente y desprejuiciado de la agenda que la misma realidad les pone a los políticos sobre el tapete. Se vienen abriendo mesas presuntamente intersectoriales e interpartidarias para abordar temas puntuales de la agenda nacional; pero como no hay orden metodológico adecuado ni metas en el calendario, lo que se acumula es retórica que entorpece más los avances esperables.

En estos días estamos por entrar en la segunda fase del año, que concluirá inmediatamente antes de las festividades agostinas, y los meses que vienen se deberían aprovechar constructivamente para emprender iniciativas que desplieguen una auténtica dinámica dialogante. Hablamos de diálogo en el sentido de ejercicio para desarrollar negociación, porque es ésta en verdad la que las circunstancias demandan prácticamente en todos los campos, teniendo en cuenta que los actores principales del drama nacional se hallan cada vez más enredados en sus diferencias. No se trata, por supuesto, de negociar beneficios particulares, de grupo o de sector, sino de provocar entendimientos que vayan al servicio de los grandes propósitos de país, que son los que por ahora se encuentran huérfanos de tratamientos adecuados.

Lo primero que habría que esperar de dichos actores es la declaración explícita de voluntad para encaminarse hacia los consensos que ya son insoslayables como imperativo histórico. Y una vez tenida tal declaración lo que procede es entrar en materia definiendo la metodología de trabajo. No cesaremos en el empeño de motivar a que todo esto se produzca en la forma debida.

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