Se hace imperioso revitalizar la inversión para reponernos del tiempo perdido

Si en algo se hace imperioso desplegar esfuerzos consistentes es en la actividad inversora. Esto implica ofrecer seguridades de todo tipo en el país: en el vivir cotidiano, en las áreas políticas y jurídicas y en lo tocante a la predictibilidad de lo que pueda irse dando de aquí en adelante.
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El Salvador, como se sabe por los testimonios de una experiencia largamente vivida, fue en nuestra área subregional un ejemplo de efectividad productiva y de avance progresista, pese a todas las limitaciones internas y externas que se han hecho sentir siempre. En aquellos entonces, nuestro país era generalizadamente conocido como el Japón de Centroamérica, y para los salvadoreños eso era motivo de orgullo espontáneo. Pero en un momento determinado, los factores negativos y desactivadores empezaron a ganar terreno, y las experiencias de la guerra y de la posguerra, traumatizantes por distintas vías, han marcado nuestro pasado más próximo y siguen marcando la realidad del presente.

En esas condiciones, el crecimiento económico entró en fase de estancamiento y se hizo prácticamente imposible seguirle el ritmo a la dinámica globalizadora que trae tantas oportunidades a un país como el nuestro. Lo que ya no podemos evadir es el imperativo de ponernos al día en lo que a vitalización económica se refiere, y dicha tarea es primordialmente nacional, aunque los apoyos internacionales sean tan determinantes para ello.

Deberíamos estar perfectamente entendidos de que la reactivación económica no va a llegar por impulso espontáneo y gratuito de las circunstancias, sino que tiene que haber toda dinámica movilizadora al respecto, a partir de una planificación ajustada de manera estricta y consistente a lo que el país puede hacer y debe hacer. En ese orden, el área de la inversión tanto interna como externa requiere tratamientos motivadores e impulsores apropiadamente diseñados para lograr los fines que se persiguen. Y, como están las cosas, lo que necesitamos en el país es un flujo de inversión que sea sistemático en las proporciones requeridas para potenciar el progreso.

Si en algo se hace imperioso desplegar esfuerzos consistentes es en la actividad inversora. Esto implica ofrecer seguridades de todo tipo en el país: en el vivir cotidiano, en las áreas políticas y jurídicas y en lo tocante a la predictibilidad de lo que pueda irse dando de aquí en adelante; y además hay que establecer comparaciones realistas con lo que ofrecen países del entorno para propiciar inversión, y así poner en marcha los incentivos que nos den ventaja sobre la competencia. Todos esos son factores que, al manifestarse suficientemente en los hechos, le abren espacios al crecimiento, que es un imperativo que ya nadie puede soslayar sin exponerse a consecuencias devastadoras, como lo estamos percibiendo en las reacciones ciudadanas que castigan con penitencias políticas a los que se resisten a entrar en razón. El 4 de marzo lo dejó a la luz, sin escapatoria.

Sólo la plena e incuestionada vigencia del régimen de libertades, incluyendo desde luego la libertad económica, es capaz de mover las energías nacionales hacia el área del desarrollo, que es hacia donde debemos conducirnos para poder realizar todos los avances estructurales que sean capaces de hacer que las condiciones de vida se transformen de veras y no tengamos simples mejorías de ocasión, que son las que la política está acostumbrada a ofrecer.

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