Se necesita un reciclaje de las actitudes políticas para asegurar que nuestro proceso nacional se mantenga firme y estable

Por la experiencia acumulada a lo largo de los decenios más recientes, de 1980 en adelante, los salvadoreños tendríamos que tener ya bien sabido y debidamente asimilado que en el desenvolvimiento de la dinámica democrática ningún momento es igual a otro, ya que cada situación que se va dando en el tránsito tiene sus propias características, aunque los elementos de base sigan siendo los mismos.
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Se necesita un reciclaje de las actitudes políticas para asegurar que nuestro proceso nacional se mantenga firme y estable

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En esa doble realidad de lo permanente y de lo cambiante que interactúan de manera espontánea se grafica lo que es la democracia como dinamismo sostenido en el tiempo. Si el quehacer democrático funciona como se debe, lo permanente y lo cambiante actúan como factores vitalizadores del proceso, haciendo que las energías emerjan y que los beneficios se multipliquen.

Cuando hacemos un enfoque analítico sobre lo que viene pasando desde los inicios de la democratización, allá en la penúltima década del pasado siglo, lo que va quedando en clara evidencia es que los escollos y los trastornos sucedidos desde entonces están más vinculados con las actitudes que con los hechos. Las actitudes ponen la nota de lo inmanejable mientras los hechos se van desenvolviendo, pese a lo anterior, con una naturalidad casi heroica. Veamos, por ejemplo, lo ocurrido con la alternancia en el ejercicio del poder político conductor; es decir, desde la Presidencia de la República, que ejerce un rol tan determinante por el presidencialismo enfático que caracteriza a nuestro régimen. Las actitudes previas a la alternancia eran extremas: desde los que auguraban catástrofe si llegaba la izquierda hasta los que, desde la izquierda, prometían el “cambio” tan idealizado ideológicamente. Ni una cosa ni la otra. Es la realidad la que viene moviendo las cartas.

Ahora vienen unas elecciones que podrían traer otra alternancia, aunque el panorama parece mostrar componentes inéditos, como la activación de nuevas fuerzas con intención de desplazar a las mayoritarias. Pero no hay catastrofismo, sino incertidumbre. Las novedades no controlables están a la orden del día para todos. Frente a todo esto, ¿cómo reaccionar? Pues como siempre hay que hacerlo: con sensatez y con cautela, haciendo interactuar, como recomienda Xavier Zubiri, la inteligencia y la realidad. Y esto nos conduce a la consideración orientadora de que la democracia para poder desempeñarse realmente como tal debe ser interactiva; es decir, administradora de diferencias con habilidad y con astucia. Aquí tiene que entrar en juego ese cambio de actitudes al que nos referimos en el título de este texto.

Nuestro proceso nacional ha estado, en distintas fases y de diversas maneras, a merced de las neurosis y los despistes que proliferan entre los actores políticos que tienen más capacidad de incidencia en el mismo; y es justamente eso lo que hay que modificar de modo constructivo y verificable de aquí en adelante. Continuar en el parloteo descalificador y en el rafagueo inútil equivale a ir eliminando irresponsablemente todas las oportunidades de que El Salvador concrete sus rutas de presente y habilite sus metas de futuro.

No cabe duda de que 2018 y 2019 serán años de alto relieve en esta etapa de nuestro desarrollo político y socioeconómico, porque las decisiones que en ambos momentos tome el electorado tendrán efectos muy significativos en todo el desempeño nacional posterior. Eso hay que tenerlo presente desde ya, para poder ir dibujando las imágenes certeras de lo que viene. Y al respecto, los comportamientos de los actores principales son determinantes al máximo.

Aunque en muchos sentidos las condiciones del país sean dramáticas, el tratamiento de las mismas debe ser ajeno a las tentaciones melodramáticas que han sido tan recurrentes en el accionar político. Se trata de ir buscando soluciones sustentadas para los problemas, y muy especialmente para los más graves y complejos. Sólo de esa manera se podrán ver luces esperanzadoras al final del túnel.

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