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Se nos fue Claribel Alegría, dejándonos su legado de poesía y alegría, y de una vida tan bien vivida

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Alberto Arene / Economista/analistaInternacionalmente

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Hace casi 9 meses, nos enteramos con alegría de que Claribel Alegría ganó el XXVI Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, que le concedió Patrimonio Nacional y la Universidad de Salamanca en reconocimiento al conjunto de la obra de un autor vivo que haya acrecentado el patrimonio cultural común de España y Latinoamérica. Considerado el Cervantes de la poesía, semejante premio fue la culminación y el máximo reconocimiento de una vida dedicada a la poesía que en su caso se confundió con su vida misma. Le dediqué entonces la columna “Claribel Alegría, extraordinaria poeta y ciudadana salvadoreña-nicaragüense” (LPG, 18.5.2017). Hoy vuelvo a escribir con tristeza por el enorme vacío de su partida, pero también con alegría al reconocer su obra y celebrar una vida tan bien vivida.

El apellido de Daniel, su padre nicaragüense, pareciera haber sido confeccionado a su medida, heredando también de él –antisomocista comprometido– su repudio a los tiranos, a las dictaduras y a las injusticias. De Ana María, su madre santaneca, heredó la sensibilidad artística y humana, el sueño y la fantasía. A ambos conocí pequeño, aún más a través de mi abuela, amiga de infancia y de toda la vida de su madre; aún más de sus primeras amigas de la infancia hasta el final de sus días, María Teresa mi madre la bailarina y mi tía Dora la poeta. Pero mi esposa Francesca y yo la conocimos y quisimos muchísimo durante tres décadas ininterrumpidas, cuando vivimos en Nicaragua en la década del ochenta y en este cuarto de siglo de posguerra en que visitamos Nicaragua con frecuencia.

Vimos de cerca su amor por Bud, su esposo, amor y alma gemela; por sus hijos y nietos que del primero al último Lala le decían; y por sus amigos, tantos extraordinarios amigos de todas las nacionalidades y diversos lugares del mundo, que le llamaban, le escribían y la acompañaron toda la vida. No solo fue una extraordinaria y fecunda poeta y comprometida ciudadana nica-salvadoreña, fue una gran amiga que alegría y bienvenida transmitía en cada encuentro. Con Bud y ella en la pequeña esquina de su jardín se sostuvieron las más interesantes conversaciones de ciudadanos y poetas, de rebeldes con causa, y de muchos grandes de la literatura mundial, acompañados de una botella de Flor de Caña extra seco, agua y limón.

Desde hace algunos años tenía terminantemente prohibido por los médicos viajar en avión. Pero desde que se enteró del premio que le daría la reina misma, ignoró por completo dichas restricciones médicas y sin titubear decidió ir a recibir el premio reuniéndose allí su familia entera. Dicen que deleitó a la reina que le confesó: “De haberla conocido antes hubiéramos sido amigas toda la vida”.

En el libro-homenaje que para sus 90 años le dedicaron y escribieron sus mejores amigos escritores, músicos y poetas, junto a hijos y nietos: “Queremos tanto a Claribel”, su amiga de toda la vida, la poeta Dora Guerra, se refirió a su poesía y obra concluyendo con una nota personal que hacemos nuestra: “Esa maravillosa persona que es Claribel ha vivido para su obra inmensa y ha empleado todas sus fuerzas y todo su empeño en construirla. Solo su nombre, maravillosamente predestinado, hace volar las campanas del corazón. Claribel, gracias por ser quien eres, gracias por tu obra, gracias por tu nombre y gracias por darme el deslumbrante regalo de tu amistad”.

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