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Se ofrece austeridad y transparencia y hay que estar atentos a que tales ofrecimientos se cumplan

Como es patente por las evidencias que salen a la luz, estamos en fase de destapes, y esto a los políticos los pone siempre en nerviosa alerta, haciendo por otra parte que vaya creciendo el sentimiento de que hay que apartarse de las conductas malsanas para no ponerse en la mira de la ley.
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Si algo es en estos momentos un factor de creciente incidencia en el quehacer nacional y en su desenvolvimiento político es la voz ciudadana con sus distintos ecos en todos los ámbitos del ambiente. En otros tiempos, el ciudadano prácticamente parecía una especie de convidado de piedra, y lo que entonces prevalecía sin ningún contraste eran los dictados del poder establecido. Con la democratización, eso ha ido cambiando de manera notoria, y hoy lo que piensa, opina y reclama la ciudadanía se impone cada vez más en la atmósfera de los hechos y en el manejo de los problemas. Ahora mismo, los resultados de los comicios legislativos y municipales del 4 de marzo dan fe de que la ciudadanía se hace sentir y se hace valer en forma determinante, y así ocurrirá sin duda en la elección presidencial de 2019.

Estamos en realidad ante un nuevo ejercicio participativo, que corresponde a la redimensionada presencia ciudadana, que es cada día más dinámica y dinamizadora. En ese orden, lo que los políticos recién elegidos manifiestan en temas como la transparencia y la austeridad recoge lo que los ciudadanos expresan por todas las vías a su alcance. Luego de lo que acaba de ocurrir en las urnas, es previsible que los funcionarios que resultaron favorecidos en las mismas quieran demostrar que son afines a las demandas de la gente. Para el caso, en lo que toca a los gastos superfluos, al clientelismo político, al abuso de las prebendas, entre otros, los recién llegados anuncian correcciones inmediatas, que habrá que ver si se concretan con medidas que tengan sentido, efectividad y permanencia; porque de no ser así las facturas ciudadanas no se harán esperar.

En el tema de la transparencia se ha venido avanzando, pese a que muchos se siguen resistiendo a dicho avance. Como es patente por las evidencias que salen a la luz, estamos en fase de destapes, y esto a los políticos los pone siempre en nerviosa alerta, haciendo por otra parte que vaya creciendo el sentimiento de que hay que apartarse de las conductas malsanas para no ponerse en la mira de la ley. Es decir, la transparencia tiene también un valor disuasivo, que al acumularse tendrá que incidir en el repliegue de la corrupción.

En cuanto a la austeridad, lo que se impone es pasar de las consideraciones generales al compromiso con un plan que verdaderamente funcione al respecto. Esto no es de fácil ejecución porque lo que tiende a imperar siempre es el gasto sin control, con énfasis en lo innecesario y en lo superfluo. La austeridad, en cualquiera de sus expresiones concretas, demanda disciplina con responsabilidad, y eso es incómodo para la mayor parte de la gente, sobre todo cuando no hay una educación que siente bases en el carácter y cuando los cantos de sirena del poder hacen de las suyas.

Al darse relevos de alto nivel en las cúpulas gubernamentales, como los que se han configurado en los comicios del 4 de marzo, los ofrecimientos de transparencia y de austeridad menudean. Pero la sabiduría popular dice que las palabras se las lleva el viento, y por eso hay que reclamar muestras palpables y comprobables de que lo dicho se convierte en hecho. Sólo así podremos entrar en una nueva etapa del comportamiento institucional.

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