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¿Se repite el desencanto? Hoy se llama populismo

Abordo en este artículo el tercer elemento que hace de estas elecciones un evento insólito.

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Rubén I. Zamora - Exembajador en  Estados Unidos y ONU

Rubén I. Zamora - Exembajador en Estados Unidos y ONU

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Hace ya 50 años, El Salvador vivió una época sumamente conflictiva, la movilización popular estaba creciendo y cambiando de estrategia, la contienda electoral de 1972 fue testigo del mayor y más evidente fraude electoral y las organizaciones guerrilleras surgieron, dos de ellas en 1970 y una tercera en el 75, cada una de ellas con su correspondiente movimiento de masas.

El fundamento de esta situación era la profunda crisis del régimen militar que por más de cuatro décadas había dominado la política del país. El militarismo con su instrumento electoral, el partido oficial, negaban la democracia y sus instrumentos y ante la creciente protesta y exigencias de cambio, respondía incrementando y generalizando cada vez más la represión.

La dinámica del régimen militar no solo cerraba las vías democráticas sino que, necesariamente, incrementaba la represión privando a la oposición democrática, la UNO, de su principal instrumento de acción, las elecciones, pero abriendo el camino para la lucha armada. El régimen estaba atrapado en un círculo que él mismo había erigido por su ambición de poder.

En los setenta se masificó la represión por parte de los cuerpos de seguridad y sus extensiones paramilitares, los cuarteles empezaron a participar en ella sistemáticamente y es de notar que un blanco de esta represión fueron las direcciones locales de la oposición, respondiendo a una clara estrategia del Alto Mando de las Fuerzas Armadas de cortar los vínculos de comunicación y relación entre las cúpulas partidarias, y la organización y militancia partidaria del resto del país; por otra parte, era menos costoso para mantener la fachada de democracia y de respeto de los derechos humanos enfocarse en los dirigentes locales, menos conocidos, en su mayoría de extracción popular y más indefensos que liquidar dirigentes nacionales, profesionales, de clase media y con mayor repercusión política nacional e internacional.

Las organizaciones de masas, BPR, Ligas Populares y Ligas de liberación, que respondían a las organizaciones guerrilleras, crecieron exponencialmente durante los años setenta, debido, por un lado, a su estrategia de desarrollar organizaciones de masas antes de dotarse de recursos financieros secuestrando empresarios y lanzarse al enfrentamiento militar; por otra parte, el crecimiento de las organizaciones de masas se explica porque encontró una base de reclutamiento en los miembros locales de la oposición política que se sentían frustrados por la inefectividad del sistema electoral y en muchos casos, porque unirse a la guerrilla era su inmediata y más efectiva forma de salvar el pellejo.

Recuerdo que en esos años en las visitas que hacía como dirigente partidario a las directivas locales, casi siempre me encontraba con evidentes ausencias y al preguntar por ellos, la respuesta usual era "se fue"; todos entendíamos que no era a EUA sino al monte con la guerrilla...

Traigo a colación estos recuerdos, porque la situación actual no hace menos que recordármelos. Es claro que el contexto institucional es muy diferente y la causas del descontento tienen otras raíces, ya no es el militarismo y la represión brutal el principal generador del descontento, hoy es la corrupción, el patrimonialismo y el burocratismo de los partidos políticos y del sector público en general en los que se centra el desencanto y el rechazo; en aquel periodo la única alternativa que parecía viable para cambiar la situación era la lucha armada, hoy tenemos una institucionalidad política diferente, con mayor consistencia que en aquel momento, tanto para la participación popular como para el proceso de representación electoral y es por ello que el disgusto de amplios sectores de nuestra ciudadanía se centra en una institución completamente sobrepasada por los cambios políticos institucionales, la Asamblea Legislativa y en el principal agente electoral: los partidos políticos.

En el presente entorno tanto nacional como internacional, plantear que la alternativa es la rebelión armada carece de sentido y de viabilidad, pero precisamente por ello, que en las elecciones se presenta una alternativa de cambio por la vía electoral, es que, ante la situación crítica de sus agentes actuales, y que es una alternativa populista, que por un lado echa la culpa de todos los males a los agentes tradicionales y se presenta como algo totalmente diferente de ellos, a pesar de que se ha cubierto con el manto de uno de los más culpables de la crisis y su comportamiento real indica algo completamente diferente y por otra parte se presenta como la segura solución de todos los males que denuncia, pero sin presentar las soluciones concretas a estos y hace depender todo de las capacidades de un líder carismático.

Absolutización de lo negativo (recoge el disgusto social), vaguedad de las soluciones (ofrece solución mágica) y un líder con discurso carismático (establece y produce la conexión entre lo negativo y lo positivo) son los elementos esenciales de un populismo y esto es lo que se ofrece en esta elección.

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