Se sigue hablando de diálogo para el entendimiento político, pero no se toman las medidas básicas para que eso funcione

A lo largo de los últimos años, y especialmente en tiempos recientes, ha habido múltiples iniciativas para sentar a los distintos actores nacionales a la mesa, con el propósito anunciado de entenderse sobre diversas cuestiones de interés general.
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Se sigue hablando de diálogo para el entendimiento político, pero no se toman las medidas básicas para que eso funcione

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Escritor

 La experiencia vivida arroja, sin embargo, tan pocos resultados concretos que la sensación que prevalece en el ambiente lo que ha venido a hacer es difundir más escepticismo sobre las posibilidades reales de que haya entendimientos sinceros, productivos y sostenibles. Es revelador ese contraste entre lo que se necesita y lo que se activa, como si los distintos actores nacionales se vieran forzados a hacer lo que no quieren y para disimular esa falta de voluntad montaran simulacros cada vez más evidentes.

Al hablar de entendimientos posibles con frecuencia se trae a cuento la experiencia de la solución política del conflicto bélico interno, y hasta se habla de un nuevo Acuerdo de Paz, adaptado a las circunstancias del presente. Allá en 1989, la realidad de la guerra ya parecía marcada por la imposibilidad de una solución militar; y aunque esto nadie lo reconocía explícitamente, las condiciones iban avanzando hacia otra forma de solución. Hoy, todos hablan de diálogo; y es curioso constatar cómo las palabras van girando en el tiempo. En aquel primer momento de la búsqueda de la finalización política de la lucha armada, el Gobierno calificaba la naturaleza del mecanismo como diálogo, y el FMLN insistía en hablar de negociación. Las palabras cuentan, sin duda. ¿Qué es lo que necesitamos ahora? Diálogo para la negociación. Un diálogo con propósito negociador, como se dice en el primer acuerdo que se logró en México, el 15 de septiembre de 1989. Así de claro.

¿Y qué será que en el presente ya nadie quiere hablar de negociación, cuando es lo que se necesita? De seguro lo que hay en el trasfondo es una gran resistencia a entenderse, porque el entendimiento real exige concesiones responsables por parte y parte; y, además, el dar una muestra de armonía básica a las fuerzas políticas en juego les parece que puede producirles muchos problemas internos en clave competitiva. Las respectivas “alas duras” son siempre adictas al conflicto, y sólo cuando ya no queda ninguna salida disponible –como pasó en la guerra—se resignan a aceptar acuerdos aunque sea con los más dolorosos retorcijones. Pero en un proceso democratizador en marcha, que tiene todos los signos de ser irreversible, no es posible evitar la dinámica negociadora, y eso es lo que la realidad está poniendo a cada instante como tarea vital para todos, sea cual fuere su identidad y su posición.

Entenderse, en cualquier área y sobre cualquier tema, exige activar un método eficiente. Y eso es mucho más que sentarse y hablar. En primer término, hay que tener clara la voluntad compartida de llegar a metas concretas, y en seguida contar con una agenda que esté basada en lo que se busca como resultado. Y cuando el diálogo negociador se produce entre adversarios competitivos hay que cuidarse aún más de la incidencia de los anticuerpos, que siempre están listos para poner en acción todo lo que frustre el objetivo propuesto. En tal sentido, uno de los factores determinantes es el cuidado que debe tenerse en no permitir que la ventilación publicitaria actúe como elemento desactivador.

La democracia es un dinamismo que tiene su propia lógica, la cual debe respetarse para que aquélla funcione de veras; y la principal característica de dicha lógica es ser interactiva. Por eso no puede haber democracia funcional sin práctica de entendimientos. De ahí que en nuestro país en tanto más se obstaculizan los entendimientos más tropiezos y retrasos sufre el avance democrático. Esto tendríamos que tenerlo sabido y asimilado desde hace ya bastante tiempo.

Dejemos, pues, que el diálogo negociador cumpla con el rol que le corresponde, porque dicha forma de diálogo no es opcional sino indispensable para que todo el aparato nacional cumpla con sus tareas correspondientes. Ahí está una de las claves de la verdadera normalidad.

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