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Se siguen padeciendo los estragos de la extorsión, sin que se vean salidas

La extorsión es un mal que se ha extendido muy fácilmente porque es una invitación expansiva a vivir del trabajo honrado de los demás, y eso tiene un efecto devastador en el área de las conductas ciudadanas, principalmente entre los menos favorecidos dentro del sistema.
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El crimen organizado, que viene tomando posiciones cada vez más dominantes en las distintas esferas nacionales, quiere dar a toda costa la sensación de que su presencia y su accionar han venido a quedarse en forma definitiva en el ambiente; y tal intención usa todos los recursos que tiene a la mano para hacerse valer en los hechos concretos y en las percepciones de la población. Las formas de hacerlo son variadas, según los propósitos específicos que se persigan, y así vemos cómo están a la orden del día conductas típicamente criminales como el asesinato y la extorsión, cada una con sus efectos en la cotidianidad de todos los habitantes del país, de una manera o de otra.

En el terreno de esa cotidianidad, si bien las muertes violentas están a la orden del día, la proliferación descontrolada de la extorsión es un fenómeno más opaco pero de efectos enormemente perjudiciales. En este momento, prácticamente toda la red comercial, de servicios y de desplazamientos del país está sometida al abuso constante de los delincuentes que se dedican a la extorsión. Empresarios, distribuidores y transportistas son víctimas de estas prácticas que son tan dañinas para la economía y para la sociedad. Se conoce que 9 de cada 10 pequeños y medianos empresarios se hallan constantemente golpeados por este flagelo, y el fenómeno se ha venido intensificando de modo extensivo, en relación directa con la territorialización operativa de las pandillas.

Estos grupos criminales, en lo que a la extorsión se refiere, tienen todo un esquema de operatividad, que va desde el establecimiento de tarifas según el tipo de actividades que desarrollen las víctimas hasta la aplicación de reglas para delimitar las zonas y definir el tránsito de la gente por las mismas. Y como el recurso intimidatorio principal es la amenaza contra la vida, las víctimas son naturalmente reacias a denunciar los hechos, por lo cual las estadísticas que se conocen sobre incidencia real de este delito y sobre efectividad institucional en su persecución son muy poco reveladoras de lo que verdaderamente ocurre en los hechos.

Si las cosas siguen como están en lo que se refiere a la inseguridad reinante, veremos crecer cada vez más el deterioro social y económico que ya se halla fuera de control. La extorsión es un mal que se ha extendido muy fácilmente porque es una invitación expansiva a vivir del trabajo honrado de los demás, y eso tiene un efecto devastador en el área de las conductas ciudadanas, principalmente entre los menos favorecidos dentro del sistema. Por lo mismo, cuando se habla de erradicación de esta práctica delictiva y de prevención de la misma lo que hay que tomar cuenta, en primer lugar, es que se trata de un desafío que no puede resolverse con iniciativas y con planes de ocasión.

Es clave, en consecuencia, emprender cuanto antes una estrategia institucional que funcione efectivamente en el terreno, sin dejar portillos de ninguna índole. La ciudadanía lo está clamando en forma cada vez más imperiosa, porque es su vivir cotidiano el que se ve más afectado, con las diversas consecuencias que ello acarrea. Aquí ya no se admiten vacilaciones ni evasivas.

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