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Se tiene que dejar de lado la tendencia al enfrentamiento constante

Es más claro que el agua el hecho de que no hay soluciones suficientes y sostenibles para ninguno de nuestros grandes problemas si se persiste en privilegiar el enfrentamiento sobre la armonía.
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<p>&nbsp;</p><p>Nuestro aprendizaje democrático va haciendo su camino, “a tragos y rempujones”, como se dice en el lenguaje coloquial. Y lo más difícil de esa marcha está en el cambio de actitudes, que son la base del comportamiento en todos los órdenes. Nunca basta con las leyes reformadoras ni con los ajustes administrativos consecuentes: es indispensable que todos los actores que se mueven en el escenario nacional, y en especial los que tienen más poder e influencia, reciclen sus formas de comunicarse y de interactuar, para que la experiencia cotidiana deje de ser un torneo constante de rechazos y agresiones para pasar a ser un ejercicio sano de manejo de diferencias.</p><p>El enfrentamiento estelar de los tiempos recientes se dio entre la Asamblea Legislativa y la Sala de lo Constitucional; pero, desde luego, no es el único. Por ejemplo, venimos viendo cómo crecen y se aceleran las discrepancias entre el Gobierno y algunos sectores económicos y sociales; y esto, si se deja estar, va generando fricciones y distorsiones que serían evitables con un tratamiento adecuado de los modos de interactuar. No es cuestión de disimular u ocultar diferencias, lo cual sería un artificio pervertidor, sino de crear espacios de comunicación permanente y, a partir de ahí, dar paso a las interrelaciones respetuosas y responsables. Es evidente que cuando las dificultades se van poniendo al rojo vivo, las tensiones tienden a multiplicarse con el correspondiente trastorno de los ánimos. Pero siempre hay que tener en cuenta –como una norma de sano juicio y de buen gobierno– que la única forma de hallar soluciones está en la serenidad de los diagnósticos, en la corrección de los planteamientos, en la lucidez de las estrategias y en la pertinencia de los métodos de acción. De todo eso estamos necesitados en el país, y cada día con más urgencia. Y lo peor es que el primer impedimento que se interpone es el de las actitudes, que además casi siempre enmascaran intereses.</p><p>Venimos repitiendo cada vez que se presenta oportunidad para ello, y eso es desafortunadamente muy frecuente, que la naturalidad o la conflictividad del ejercicio democrático dependen de la forma en que los distintos actores nacionales se comporten en el terreno de los hechos. Las actitudes son determinantes para orientar las acciones y las reacciones. Si hay buenas actitudes, hasta los intereses más recalcitrantes pueden ser balanceados. Las fuerzas y los liderazgos políticos no tienen experiencia acumulada sobre cómo interactuar de manera fluida, respetuosa y consecuente con los requerimientos evolutivos del proceso que vivimos; y por eso están expuestos a ir aprendiendo a golpes de realidad. Como antes se decía: lo que no se aprende en la casa con cariño se aprende en la calle sin piedad.</p><p>Cuesta creer que verdades tan simples y evidentes tengan tantas dificultades para calar en las conductas institucionales y gubernamentales. Es más claro que el agua el hecho de que no hay soluciones suficientes y sostenibles para ninguno de nuestros grandes problemas si se persiste en privilegiar el enfrentamiento sobre la armonía. No hay ningún ejemplo de tratamiento razonable y consensuado que haya sido un fracaso, ni tampoco ningún ejemplo de que haya prosperado lo contrario.</p><p>En definitiva, lo que debería preocuparnos y ocuparnos a todos es el país, su suerte y su progreso. Y al decir “el país” nos referimos, por supuesto, a todos los salvadoreños sin excepción, y a las instituciones y los mecanismos que le dan sostén a la nación. Ese es el compromiso ineludible.</p><p>&nbsp;</p>

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