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Se tiene que poner más empeño en fortalecer la cultura ciudadana

En la política, la mala educación se hace evidente a cada instante. En el diario vivir de las comunidades, actitudes negativas como la intolerancia y el irrespeto a los demás parecen tener carta blanca.
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Una de las bases fundamentales de la convivencia pacífica consiste en el respeto que debe prevalecer en las diversas relaciones que constituyen el entramado social. En ese sentido, nuestra comunidad nacional ha venido perdiendo consistencia y buenas prácticas, en gran medida porque no ha existido en el país ningún esfuerzo estructurado y sistemático que acompañe educativamente, en lo formal y en lo informal, los cambios sociológicos que se vienen acelerando a partir de los años 50 del pasado siglo.

Especialmente al entrar en los años 60 de dicho siglo, nuestro esquema social fue permitiendo que se visibilizaran de manera progresiva estratos poblacionales que habían permanecido tradicionalmente en una especie de densa oscuridad histórica, y ese dinamismo, que debió haber sido tan prometedor y tan desafiante a la vez, no despertó ninguna atención real ni en el análisis psicosocial ni en el ejercicio institucional. Vino la guerra y complicó aún más las cosas. Vino la paz y tampoco movió de manera significativa la conciencia nacional al respecto.

No es de extrañar, entonces, que haya un evidente deterioro de las formas de convivencia, en prácticamente todos los órdenes, que van desde el funcionamiento en los altos estratos políticos hasta el quehacer habitual en la vida común. En la política, la mala educación se hace evidente a cada instante. En el diario vivir de las comunidades, actitudes negativas como la intolerancia y el irrespeto a los demás parecen tener carta blanca. Ya ni siquiera se habla de urbanidad y de buenas costumbres, como si fueran insignificantes reliquias del pasado.

Y todo esto se refleja en los trastornos que sufre la ciudadanía entera en su vivencia cotidiana. Se habla de crisis de valores, pero casi siempre la mención se da en un plano de generalidades que no llevan a nada. Aquí se trata de emprender una tarea de reorientación efectiva de todas las conductas, en función de la normalidad respetuosa que debe imperar en una sociedad verdaderamente civilizada. En estos días, para el caso, los diputados se aprestan a subir las penas por conducción temeraria, lo cual es adecuado, pero quedamos en las mismas: atacar las consecuencias sin ir al fondo de las causas. Ese fondo es la ausencia de formación moral y ciudadana, la cual debe partir desde el mismo seno familiar. La desestructuración creciente de la familia, por tantos motivos, está en la raíz de toda esta problemática.

En el país necesitamos potenciar una cultura generalizada del respeto, de la tolerancia, de la solidaridad y de la autoestima. Es cierto que tenemos grandes problemas acumulados por resolver y que los déficits de satisfacción social son enormes; sin embargo, también es perversa la noción según la cual sólo si hay grandes mejorías materiales es legítimo aspirar a un desarrollo efectivo de la convivencia social en todos los órdenes y niveles.

La tarea es, pues, de amplitud nacional y de sostenida permanencia en el tiempo. Ya que estamos en campaña presidencial y con el buzón de propuestas abierto, sería muy oportuno escuchar de los distintos candidatos lo que se proponen hacer en el ámbito general de la educación. Más allá de los planteamientos técnicos, al estilo de lo que se viene dando ya por costumbre, lo que hoy se necesita es la visión de avanzada, que permita innovar de manera a la vez realista y audaz. Educar para la vida y no sólo para transmitir conocimientos.

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