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Seamos paz

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Alberto Arene / Economista/analistaInternacionalmente

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Si un cuarto de siglo después de los Acuerdos de Paz, El Salvador se ubica en los primeros lugares del crimen y la inseguridad a nivel mundial, y lidera en Centroamérica el menor crecimiento, el mayor endeudamiento público y postración económico-social, y el más grande deterioro y vulnerabilidad medioambiental, lo menos que podemos concluir es que fuimos incapaces de fortalecer y consolidar la paz. Los Acuerdos de Paz de El Salvador fueron de los más exitosos en la historia de las guerras civiles del siglo XX desde la perspectiva del establecimiento y mantenimiento de la paz, pero no de su fortalecimiento y consolidación, cobrándonos una costosa factura años después.

Una nueva cultura de paz conlleva un cambio a nivel individual, familiar, grupal, institucional y ciudadano en uno de los países históricamente más violentos de Latinoamérica. Pero también conlleva una estrategia sostenida y nuevas maneras de conducción del Estado más acordes a los nuevos tiempos.

Como lo afirmó el secretario general de Naciones Unidas meses después de la firma de los Acuerdos de Chapultepec: “La nueva era que estamos viviendo nos impone la obligación de aplicar un enfoque integrado, puesto que la paz y la prosperidad son indivisibles. Los ejemplos de penurias económicas y de desintegración social que he mencionado son tanto causas como consecuencias de la violencia y de las guerras que nos preocupan y con respecto a las cuales debemos adoptar medidas”. (Boutros Boutros-Ghali, “Paz, Desarrollo, Medioambiente”, CEPAL, Santiago de Chile, 1992).

Nuestra Paz descuidó temas pendientes de seguridad, y no incorporó temas claves económicos y sociales que superaran las viejas y nuevas raíces de la violencia y le dieran bases de sustentación a la transformación económico-social y a la paz.

A tres años de su implementación, el mediador, Álvaro de Soto, que representó al secretario general en el proceso de negociación, afirmó: “Sería prematuro etiquetar a El Salvador una historia exitosa, mientras no se traten y corrijan los problemas concernientes a los programas de reintegración y a la Policía. La implementación y otros obstáculos persisten. Las distorsiones que todavía marcan a la PNC refleja la renuncia en ciertos círculos al concepto de la desmilitarización de la seguridad pública...”.

Un estudio comisionado por el PNUD-El Salvador agregó: “La nueva perspectiva elaborada aquí, basada tanto en la teoría contemporánea del crecimiento y en nuevos estudios empíricos hechos alrededor del mundo, sugiere que el crecimiento económico sostenido es de hecho improbable en condiciones de profunda y empeorada desigualdad social. Aún más, la desproporcionada privatización y liberalización de la economía en reacción a la previa intervención del Estado en la economía es vista como potencialmente dañina al bienestar de la mayoría pobre, reduciendo en lugar de aumentar los prospectos para el crecimiento de largo plazo... Si la paz se mantendrá depende ahora, más que nunca, de la naturaleza de las políticas sociales y económicas que el gobierno salvadoreño implemente...”.

Todos los partidos y líderes políticos, con contadas excepciones, han demostrado su falta de interés y preparación para abordar los grandes temas de Estado y de la construcción del futuro de los que depende la profundización y consolidación de la paz, deteriorándose en adelante la histórica válvula de escape de las migraciones y remesas.

Este mes de enero que se conmemoran 26 años de los Acuerdos de Paz, ha surgido con mucha fuerza y legitimidad la iniciativa ciudadana SOMOS PAZ que ya aglutina a 350 organizaciones, y que considera que “toda la acción del Estado y la sociedad debería estar orientada a lograr la paz”, exigiéndole a nuestros gobernantes un reenfoque de la política confrontativa y la priorización del actuar nacional hacia la paz social y el progreso.

¡Seamos Paz, Somos Paz!

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