Lo más visto

Seguimos navegando a la deriva

Enlace copiado
La Prensa Gráfica

La Prensa Gráfica

Enlace copiado

“El capitán del barco miraba, a lo lejos, luces tenues en la oscuridad de la noche. De inmediato, ordenó a su guardavía enviar el siguiente mensaje: ‘Altere su rumbo diez grados hacia el sur’. Enseguida, recibió la respuesta: ‘Altere el suyo diez grados hacia el norte’. El capitán se enojó, ya que su orden había sido ignorada. Así pues, ordenó un segundo mensaje: ‘Yo soy el capitán. Altere su rumbo diez grados hacia el sur’. Al instante, llegó la respuesta: ‘Yo soy el marinero tercera clase Martínez. Altere su rumbo diez grados hacia el norte’. Pensando infundir temor, el capitán respondió: ‘Estoy al mando de un buque de guerra’, a lo cual el marinero contestó: ‘Y yo estoy al mando de un faro’”.

Esta anécdota puede ilustrar la situación que ha vivido El Salvador en estos últimos treinta años. Un barco a la deriva, en medio de una oscura noche de tormenta, con oleaje severo y vientos impredecibles. En ciertos momentos esporádicos se ha vislumbrado una pequeña luz salvadora, que podría haber guiado el derrotero de la nave, pero los nubarrones fueron tan intensos y tan obtusos, que la ocultaron rápidamente. Un barco lleno de problemas técnicos, de navegación, de avituallamiento, de equipaje, con pasajeros desesperados que se pelean unos a otros para lograr sus objetivos propios o de los suyos, de los más allegados, como en los peores momentos del naufragio del “Titanic”. Cambiando cada cierto tiempo de tripulación, yendo a veces unos grados al sur y otras veces unos grados al norte, con capitanes que se han considerado a sí mismos, a sus partidos políticos, a sus cúpulas de poder, a sus ideologías basadas en la confrontación, como los únicos dueños de la verdad absoluta, habiendo olvidado no solo el origen de las vicisitudes, sino siendo incapaces de identificar, de analizar y de proponer soluciones a los problemas que se han presentado, siempre los mismos, siempre acechantes, pero cada vez más importantes y más destructores.

Al igual que el capitán del buque de guerra de esta anécdota, los capitanes de nuestra nave no han sido capaces de procurarse la información necesaria para saber en qué aguas estaban navegando, ni para conocer la geografía a su alrededor, ni las condiciones climáticas para su travesía. Creyeron que dirigir una nave como El Salvador era solo cosa de sentarse en el puesto de mando y vociferar órdenes a diestra y siniestra, sin haber analizado todas las consecuencias que podrían haber acarreado, mientras ellos y sus acólitos estuvieran bien. Nunca estudiaron las cartas de navegación, los posibles derroteros que los llevaran por una navegación segura hasta el mejor destino, nunca se tomaron la molestia de analizar las condiciones de la embarcación, las capacidades de sus motores, la formación de sus tripulaciones, las verdaderas necesidades de los pasajeros a bordo, ni mucho menos, se pusieron a pensar cuáles serían las acciones a tomar en tiempos de crisis, de tormenta o de naufragio.

Con la misma arrogancia del capitán de este barco, los capitanes de la nave salvadoreña trataron de imponer sus verdades, llevando al país a una absurda polarización, aplicaron modelos que condujeron a una irracional paralización, dividiendo a la sociedad con posiciones maniqueístas, o todo es blanco o todo es negro, no dejando lugar a que algunas personas conscientes, honestas y justas pudieran vislumbrar algunas posibles soluciones, otros caminos, otros derroteros como ese marinero de tercera clase que solo pedía cambiar el rumbo diez grados hacia el norte, solo un pequeño cambio, para evitar que el buque de guerra se estrellara inevitablemente contra el faro.

Lee también

Comentarios