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Seguimos pendientes en la tarea concreta de fomentar el desarrollo en todas sus expresiones

Lo que más impide entrar en una fase de progreso nacional realmente significativo y sostenible es no tener apuestas ni proyectos que abarquen todas las áreas del desarrollo, como decir el desarrollo productivo, el desarrollo humano, el desarrollo territorial y el desarrollo local.
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Cuando se revisa el panorama nacional en función de establecer parámetros para medir cuánto crecemos y en qué forma crecemos, salta de inmediato a la vista que hay diversos rezagos y muchas incongruencias en el proceso de desarrollo del país. Desde hace ya bastante tiempo es evidente que nuestros avances en este campo son inconexos e insuficientes, y por eso mismo no hay ninguna claridad sobre lo que pueda ocurrir en el futuro inmediato ni ninguna seguridad de congruencia en los esfuerzos que se vayan haciendo al respecto. Todo indica que al país le faltan brújulas de despegue y de avance, comenzando por la inexistencia ya crónica de definiciones sobre lo que hay que hacer y sobre cómo ir haciéndolo.

Lo que más impide entrar en una fase de progreso nacional realmente significativo y sostenible es no tener apuestas ni proyectos que abarquen todas las áreas del desarrollo, como decir el desarrollo productivo, el desarrollo humano, el desarrollo territorial y el desarrollo local. En lo productivo no hay claridad ni unidad respecto de lo que el país debe emprender en clave competitiva. Como hemos señalado con reiteración, todo país y sobre todo un país como el nuestro necesita definir con absoluta precisión aquello a lo que va a dedicarse en forma prioritaria, porque de lo contrario lo que resulta es una multiplicidad de iniciativas sueltas e inconexas, que al final no acaban en nada relevante.

En cuanto al desarrollo humano, nunca hemos tenido un plan coherente y completo para fomentar la superación ciudadana en todos los sentidos. Aún en áreas bastante definidas como la Educación y la Salud hay grandes deficiencias tanto estructurales como de servicio; y ya no se diga en el ámbito de las oportunidades individuales y de sector. Por lo que toca al desarrollo territorial, si bien ha habido proyecciones de alto relieve como las que surgieron del trabajo de la Comisión Nacional de Desarrollo entre 1997 y 2009, nada ha logrado cuajar en los hechos. El caso deplorable de lo que se ha dado en torno al Puerto de La Unión es la mejor prueba de ello. A estas alturas y cuando ya está a punto de cumplirse una década desde que se concluyó la reconstrucción de dicho Puerto, que nacía con grandes augurios de modernidad, la inoperancia institucional lo que vino montando fue el fracaso del proyecto inicial.

Otro caso lamentable de un proyecto que surgió con grandes perspectivas de la mano de FOMILENIO I es el del desarrollo de la Zona Norte del país, que tiene como eje la Carretera Longitudinal del Norte. Al no producirse el debido seguimiento, tal proyecto se va desactivando sin que se haga nada significativo para impedirlo. ¿Hasta cuándo se seguirá en este irresponsable desperdicio de oportunidades? Y en cuanto al desarrollo local, tampoco existe un mapa de estímulos realmente consistentes y con proyecciones garantizables.

Lo que se comprueba una vez más en todos estos recorridos analíticos es que El Salvador no cuenta con un proyecto nacional de desarrollo que se haga sentir como tal en el terreno de los hechos, y por ende se deja pasar tiempo irrecuperable y se alimenta la frustración en todo el cuerpo social. Salir de esta inconsistencia pantanosa es lo que habría que impulsarse cuanto antes.

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