Semana Santa, tiempo propicio para hacer un alto reflexivo en el camino

La Semana Santa salvadoreña es tiempo de calor atmosférico, por la época del año en que se ubica.
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Este solo dato debería estimular a que fuera también momento de calidez espiritual y de ebullición moral. En estos días, todos los años, se conmemora la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Y aunque su Pasión y su Muerte son las que convocan más imágenes, es la Resurrección el momento estelar de esa experiencia sobrehumana que vino a cambiar la historia del devenir humano desde hace 20 siglos. En estos días, las palabras del Nuevo Testamento son aún más valederas e inspiradoras. Palabras de amor sin límites y de inspiración sin fronteras. Y es que Cristo no vino a cambiar ninguna de las letras de la Ley, pero sí cambió radicalmente el espíritu de la misma.

Con el tiempo, en nuestro país la Semana Santa ha venido perdiendo su tradicional connotación de recogimiento en las estancias del espíritu. Los que tenemos edad para hacerlo recordamos las épocas en las que prácticamente toda actividad profana quedaba en suspenso en estos días. Ni siquiera en las radios se tocaba música corriente. Y en las zonas del interior no existía tráfico vehicular durante los principales momentos de la conmemoración, especialmente el Viernes Santo. Hay que entender que los tiempos cambian, y más cuando el ritmo histórico se acelera en forma tan intensa como la que se da desde hace algunas décadas en el mundo. En la actualidad, la Semana Santa se ha vuelto un breve período de relax, que desde luego tiene mucho más que ver con las distracciones frívolas que con los ejercicios de la práctica religiosa.

Pero esa frivolidad galopante, que tiene tantas expresiones globales, lejos de ayudar a que la vida se vuelva más llevadera y más vivificante, lo que está haciendo es socavar el sentimiento constructivo del vivir tanto individual como colectivo en todas partes. No es casual que la negatividad, el pesimismo y el rechazo sistemático sean hoy factores erosivos en crecimiento. Y la impresionante incidencia de la comunicación virtual contribuye a ello sin fronteras. Se vive una era de autismo mecanizado que hace que los seres humanos dependan del latido mecánico de una tecla. La gente cada vez se mira menos a los ojos, cada vez comparte menos palabras con sonido natural, cada vez está más atrapada en los laberintos de las redes sociales. Es como si los inimaginados avances tecnológicos fueran, existencialmente, más trampa que liberación.

En nuestro caso particular como sociedad en transición prolongada desde el fin del conflicto bélico, es aún más imperativo y determinante hacer valer los factores de autoeducación espiritual, para poder darles el adecuado tratamiento a todos los desafíos que tenemos en cartera. Dicha autoeducación implica ir cotidianamente al encuentro de nuestro ser más profundo, ése que nos identifica como seres humanos con alma, con espíritu y con conciencia. Esto, en definitiva, tiene una connotación religiosa, cualquiera que sea la forma de religión que se asuma, porque las religiones, como tales, son rutas diversas hacia la Divinidad, que es una en esencia. Nosotros, los cristianos católicos, tenemos nuestra ruta, que hay que mantener siempre libre de malezas y de escombros, para transitar por ella como Pedro por su casa.

Estos días también tendrían que ser propicios para abrir un paréntesis entre la densidad brumosa de las preocupaciones cotidianas, a fin de recordar serenamente que la luz también existe, tanto para nosotros en calidad de seres personales como para la comunidad nacional a la que pertenecemos. La práctica de la fe constituye expresión viva del sentimiento de pertenencia al mundo real. Pertenecemos a la naturaleza y a la sobrenaturaleza. Lo humano y lo divino se trenzan en nuestra interioridad para hacernos partícipes privilegiados de la dualidad suprema de la vida. Nosotros, a nuestra vez, morimos y resucitamos en secuencia trascendental. Somos hijos del tiempo y ahijados de la eternidad. Eso nos describe a plenitud como depositarios de la iluminación más viva y perdurable: la del amor que no aspira a nada porque lo tiene todo.

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