Semana Santa: unos cuantos días para reflexionar sobre la espiritualidad compartible

Esta Semana Santa vuelve a ser el momento más oportuno para humanizarnos en la reflexión interiorizada, que puede ser silenciosa pero que siempre se halla en capacidad de ser convincente.
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Estamos en Sábado de Dolores, en la última antesala de la Semana Santa. En otras épocas nos enseñaban que este período del año encarnaba en cuatro semanas sucesivas: la Semana de Lázaro, la Semana de Dolores, la Semana Santa y la Semana de Pascua. Hoy ya ni se habla de estas cosas, porque vivimos envueltos por las fantasmagorías incansables de la frivolidad y por los reflejos imperiosos del consumismo. En estos días, la Semana Santa se ha ido volviendo cada vez más un mero espacio vacacional, a fin de dizque recuperar fuerzas para seguir en las mismas. Hay actividades religiosas, desde luego, pero el ambiente como tal es cada vez más ajeno a la religiosidad y ya no se diga a la espiritualidad. Esto merece mucha más atención que la que se le presta.

Cada año se conmemora la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Es, pues, un momento de especial solemnidad trascendental, cuyo efluvio trasciende adscripciones eclesiales específicas. En definitiva lo que hay ahí es un ejemplo de humanidad humanizada al máxima por la fuerza del aliento divino. Toda la saga de Jesucristo viene a ser, desde cualquier ángulo que se mire, una lección de vida en el más alto sentido del término. Él, en su mensaje reiterado, aclaró que no venía a cambiar ni una sola palabra de la Ley; pero en verdad lo que hizo fue cambiar todo su espíritu, a fin de instalar para siempre una enseñanza de valor inagotable. Han pasado los siglos y aquella voz se sigue oyendo con la misma nitidez con que la oyeron los que estaban congregados alrededor de Él en la colina frente al Mar de Galilea.

La Semana Santa es, en unos cuantos días, toda una historia de humanismo elevado a su máxima expresión. Humanismo en el sentido más hondo y restaurador y en la dimensión más plena y elevada. Es Dios revelándose en expresión suprema: la divinidad encarnada. Jesucristo aceptó su destino para hacer entender que en esa aceptación personalizada cada ser humano, sin ningún distingo, tiene a su disposición la clave de la trascendencia. Y lo hizo por la vía que puede ser más convincente: la del sufrimiento extremo sobrellevado con suprema aceptación, humilde y ejemplar. Durante aquellos días, el Enviado padeció todas las vejaciones y todos los desprecios imaginables, y al final recuperó su identidad originaria alzándose sobre la muerte, como el Ave Fénix representativo de su esencia.

La otra señal mayor que surge de lo que se conmemora en estos días nos pone frente al hecho viviente del sacrificio compartido. Jesucristo se volvió víctima propiciatoria ante la vista de todos, para que nadie pudiera sentirse ajeno a tal demostración de plenitud. Con un solo gesto Él hubiera podido escapar de las tenazas de aquel sufr imiento elevado a la máxima potencia; sin embargo, se sometió a la prueba definitiva hasta las últimas consecuencias, rogándole a Dios su Padre que perdonara a sus victimarios “porque no saben lo que hacen”. ¿Qué mejor ejemplo puede haber de magnificencia al alcance de todos? Y además, como complemento de fecundidad renovadora y de inspiración sin límites, el sacrificio cristiano reveló de inmediato que la voluntad divina es educadora por excelencia.

La universalidad inagotable de lo ocurrido entonces abarca todas las estancias del tiempo, sin límite ni fatiga. Es como si estuviera pasando ahora mismo, porque así ocurre en todo lo significativo que tiene. Calvario, Cruz, Sepulcro, Elevación. Todo en uno. Aunque en el texto bíblico está relatado al detalle lo que pasó en su momento, la más viva evidencia la tenemos en nuestro propio ser consciente. Dicen que la procesión va por dentro; pero no sólo la procesión sino también la revelación. Dios se le revela a cada ser humano de manera perfectamente individualizada. Hasta los que lo niegan llevan en su interior la semilla rebelde de la fe posible.

Esta Semana Santa vuelve a ser el momento más oportuno para humanizarnos en la reflexión interiorizada, que puede ser silenciosa pero que siempre se halla en capacidad de ser convincente. Nuestro mundo y nuestro país están necesitados de muchas cosas, y sobre todo de espiritualidad bien vivida. La espiritualidad que no pretende erigirse en majestad sino que se asume a sí misma como servidora entusiasta del ser, dondequiera que este se ubique. Semana Santa con calorcito climático y con calorcito anímico, así como debe ser.

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