Semana de recogimiento y desesperanza

Cruzar las fronteras patrias se ha convertido para muchos en una forma de escapar, aunque sea momentáneamente, de una realidad cada vez más lacerante. Siempre que hay una oportunidad –por cierto cada vez más escasas– personalmente me hago eco de ello, pensando que respirar otros aires purifica mi mente y nos vuelve más consciente de la situación que vivimos. Pero el regreso invariablemente viene acompañado de la sensación de que nuestro país, con el paso de los días, sigue transitando por un sendero cada vez más escabroso.
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¿Pesimismo extremo?, puede ser. ¿Expectativas truncadas?, sin duda. ¿Quién responde?, nadie. ¿Estaremos a tiempo?, es difícil pero posible. Estas y otras interrogantes afloran cuando se ponen los pies en la tierra y se constata el estado calamitoso en que estamos cayendo. Sin embargo, moros y cristianos se hacen los inocentes para seguirle enrostrando a los demás la culpa de todas nuestras desgracias.

Para colmo de males, la Semana Santa, tan esperada para la reflexión, el descanso y la vida en familia, inició con un nuevo mensaje de la naturaleza, que es lo peor que le puede pasar a un país que está siendo virtualmente destruido por los humanos. Bueno, antes de comenzar ya se sabía que el gobierno había caído en una situación de impago y este solo hecho sin duda fue un anticipo de que lo planeado por tanto tiempo estaría contaminado por la incertidumbre y que como país entraríamos al círculo de los menos creíbles, financieramente hablando para ponernos una vez ante la comunidad internacional como un país de dudosa viabilidad. De esto no se dieron por enterados los políticos, que campantes sí corrieron a las playas, a las montañas o a otros lugares donde pueden esconder mejor sus fechorías.

Entonces se inicia la vacación con un mensaje desgarrador. La tierra tiembla, los niños lloran y familias enteras no tienen otro resguardo que pedir a Dios que se apiade de ellas, porque nadie más lo hará. El gobernante se va de viaje, sin dar cuentas a dónde viaja y con qué propósito; mientras altos funcionarios que supuestamente hacen causa común cuando el máximo dirigente se ausenta, no dan pie con bola y además nadie les cree porque están contaminados por muchos de los males que ellos nos trajeron. Detrás de esto hay una realidad irrefutable: la notoria ausencia de liderazgo en un país donde la mediocridad abunda, pero los funcionarios solo hacen causa común para desorientar y disfrazar sus malos pasos.

¿Y del entorno externo qué? Y no estamos hablando del peligroso escenario que se puede estar incubando en “Mar a Lago” en la Florida, que se ha convertido en sustituto de la Casa Blanca para definir la política exterior del país más poderoso del mundo, incluida la potencial expulsión masiva de compatriotas. No. Estamos aludiendo a nuestro pobre y vergonzante papel en la OEA, para plegarse a los designios de un energúmeno, dejando la impresión de que la reunión sostenida por separado entre los cancilleres de Venezuela y El Salvador confirma nuestro vasallaje. A menos que la intención de don Hugo haya sido convencer a doña Delcy de que modere su lenguaje viperino y, si le es posible, le susurre al oído de su majestad Maduro que la causa está perdida, pero que como aliado ejemplar, el gobierno salvadoreño ha decidido acompañarlo hasta el fin de sus días. Conociendo la sensatez del licenciado Martínez, confiamos en que no haya comprometido el apoyo de El Salvador entero.

Entonces, entre desastre natural, gobierno quebrado, calamidad económica, corrupción consentida, prostitución institucional, amenaza externa, delincuencia imparable y liderazgo ausente, regresamos a nuestra rutina después de un descanso inmerecido –pero necesario a nuestra edad– para seguir en el calvario que vive la mayoría de salvadoreños. Porque a decir verdad, el aire puro que respiramos por unos días se esfumó en un santiamén por el ambiente contaminado que vivimos, en gran medida por el comportamiento nada edificante de la clase política.
 

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