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Señas para los vivos

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Escritor y colaborador de LA PRENSA GRÁFICA

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En el siempre cambiante escenario de las batallas políticas, el exceso de nervios puede hacer dos cosas en los líderes: o extrae de ellos lo mejor que tienen, incluso apelando a virtudes que ni sus más enconados adversarios esperaban enfrentar, o exhibe justo lo peor de su carácter, hasta revelar defectos con los que ni sus más allegados colaboradores esperaban tener que lidiar. A Nayib Bukele, claramente, le está pasando esto último. Los errores que hoy comete no devienen de ningún cálculo ni estrategia: son errores de personalidad. Y esta clase de problemas, en política, suelen ser fatales.

Cuando ya hace varios meses expuse las razones por las que dudaba que el candidato de GANA se convirtiera en presidente en 2019, los argumentos incluían aspectos que me parecían obvios alrededor de una apuesta tercerista dependiente del temperamento volátil del señor Bukele. Señalé el peso que iban a tener las incongruencias entre sus discursos y sus acciones, las formas autoritarias que tarde o temprano tomaría su estilo de conducción y lo difícil que le iba a resultar convencer a los votantes de ser algo "nuevo" sin recurrir a un ideario bien definido y a un tipo de liderazgo más aglutinante que divisivo.

Todo ha venido sucediendo tal cual era previsible, y ahora, a pocas semanas efectivas de campaña, el equipo de Bukele parece haber caído en la cuenta que no logrará los votos que necesita para ganar en primera vuelta. Como ocurrió en su momento con Tony Saca y UNIDAD, el mero hecho de haber inflado las posibilidades de triunfo hasta el grado anticipatorio que tanto hizo salivar a los "analistas" a sueldo, a estas alturas del proceso ya empezó a jugar fatídicamente en contra.

La mucha ansiedad hace estragos en cualquier político, pero es mortífera en las personalidades mesiánicas. Perder es siempre una opción en toda campaña electoral, y quien mantiene en su radar ese escenario, aunque no se distraiga demasiado en ello, encarará los normales altibajos de una campaña con espíritu constructivo y ecuánime.

Al contrario, el candidato que tiene descartada la derrota como posibilidad real, pronto verá incrementar sus inquietudes al vaivén de la dinámica electoral, más realista que cualquier inversión en redes sociales. Es entonces cuando los errores se agolpan y los temperamentos tiránicos emergen. Es entonces cuando un ampuloso eslogan como "¡Hagamos historia!", proferido desde la cima de la autosuficiencia, se convierte de repente en delirante grito de "¡Fraude, fraude!" por la sospecha de una mala aplicación de color en una papeleta.

El asedio al TSE por un grupo de fanáticos de Bukele, encabezados por quien es el secretario general del partido en formación "Nuevas Ideas", ha provocado un rechazo unánime por dos razones principales. Primero, porque anticipa el comportamiento de un sector minoritario que no entiende la democracia en virtud de procesos institucionales, sino que pretende que las instituciones se ajusten a lo que ellos entienden por democracia. Y segundo, porque encarna la amenaza que el propio candidato hizo en la Universidad de El Salvador cuando insinuó que las fuerzas del orden estarían al servicio de su muy particular forma de interpretar la separación de poderes del Estado.

No importa que Bukele dijera luego, en FUSADES, que esa desafortunada mención al ejército y a la policía (en una hipotética marcha hacia la Asamblea) aludía solo a la tarea de protección que estos cuerpos de seguridad deben dar al presidente. De sus mismas palabras se infiere que si el ahora candidato, ya investido mandatario, también se hubiera manifestado ante el TSE, esa entidad habría sido sitiada por algo más que un grupo de fervorosos seguidores. "El vivo a señas...", dice el refrán. ¿O queremos entender a palos?

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