Lo más visto

Más de Opinión

Sencillez y austeridad como normas de los nuevos tiempos

Debemos sentirnos privilegiados de poder vivir y convivir en este momento tan especial del desarrollo humano. Pero se trata, desde luego, de un privilegio que reclama de inmediato un compromiso.
Enlace copiado
Enlace copiado
A estas alturas, nadie puede darse por desentendido de que la humanidad entera va entrando en una nueva fase de su desarrollo, que no sólo es histórica sino que tiene componentes de espiritualidad y moralidad de un peso y significación sin precedentes en los ámbitos sucesivos de la contemporaneidad. Esto no es ni podría ser casual. La acumulación de la experiencia universal nos ha traído a este mundo global, que es sin duda mucho más que un ejercicio de acercamientos y de intercambios. Hay ahora un trasfondo de intercomunicación humana que, aún en cierne, va mostrando sus potencialidades transformadoras. La dispersión de los poderes mundiales y las crisis que no respetan fronteras son pruebas fehacientes de ello.

En esa línea, hay que ir leyendo los hechos de la realidad actual, que de entrada nos traen lecciones trascendentales. En estos días de Semana Santa, y a la luz de acontecimientos que inciden en la religiosidad universal y en el comportamiento de los seres humanos respecto de la misma, podemos revisar, con un ánimo mucho más dispuesto a la reflexión y a la asimilación de la misma, lo que nos rodea. Tomemos el hecho de la renuncia del Papa Benedicto XVI y la elección de su sucesor, que resultó ser el Papa Francisco, así, sin número romano identificatorio. Francisco, como cualquier ciudadano común. Eso ya muestra la voluntad de estar en atmósfera concordante con la sencilla comunidad que rodeaba a Jesús en sus recorridos por la tierra.

El nuevo Papa llegó, desde el primer momento, desde el primer gesto, desde las primeras palabras, dando espontánea cátedra de sencillez, de sobriedad y de espíritu verdaderamente cristiano. Desde sus primeros mensajes postuló el imperativo de que la Iglesia se comporte de modo irreprochable y austero, en armonía con las enseñanzas recogidas en los Evangelios. Es un mensaje eminentemente renovador, y que quiere hacerse valer desde el ejemplo que se explica por sí mismo. Y en el Papa recién llegado esto es coherencia de vida, no posición preconcebida. Es claro que estamos en el aura de los nuevos tiempos.

Sencillez y austeridad parecen ser los términos que identifican lo que debe ser el desempeño humano en todos los órdenes, luego de que la historia ha venido demostrando que los excesos del poder, los desvaríos de la opulencia y los trastornos de la corrupción sólo llevan a distintas formas de desastre. Todo esto nos atañe a todos, porque otra de las grandes enseñanzas de esta hora es que nadie, con independencia del poder o de la influencia que se ejerzan, es capaz de hallar soluciones en solitario. Vivimos en un mundo crecientemente interconectado, que demanda una creciente interacción. Desde lo espiritual a lo económico, pasando por lo político y por lo cultural.

Es muy aleccionador y saludable volver a los principios y a los mandatos cristianos, no de palabra sino en los hechos, como señaló de entrada el Papa Francisco. Principios y mandatos que tienen en el Sermón de la Montaña una síntesis insuperable. Dios habla con sencillez, y sus palabras hay que recibirlas, asimilarlas y practicarlas de la misma manera.

Debemos sentirnos privilegiados de poder vivir y convivir en este momento tan especial del desarrollo humano. Pero se trata, desde luego, de un privilegio que reclama de inmediato un compromiso.

El compromiso de la vida sana en todo sentido, que debe caracterizarse por esa irreprochabilidad a la que hizo referencia el Papa desde sus primeras palabras.

Tags:

Lee también

Comentarios