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¡Señor, que vea!

En una de sus homilías, el papa Francisco decía: “Un día Jesús, acercándose a la ciudad de Jericó, realizó el milagro de restituir la vista a un ciego que mendigaba a lo largo del camino”.
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San Lucas dice que aquel ciego estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. La figura de este ciego representa a tantas personas que, también hoy, se encuentran marginadas a causa de una discapacidad física o de otro tipo.

Está separado de la gente, está ahí sentado mientras la gente pasa ocupada, en sus pensamientos y tantas cosas... Y el camino, que puede ser un lugar de encuentro, para él en cambio es el lugar de la soledad. Tanta gente que pasa. Y él está solo.

De hecho, al oírlo, «Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran». Haciendo así Jesús quita al ciego del margen del camino y lo pone al centro de la atención de sus discípulos y de la gente. Pensemos también nosotros, cuando hemos estado en situaciones difíciles, también en situaciones de pecado, cómo ha estado ahí Jesús a tomarnos de la mano y a sacarnos del margen del camino, ¡a la salvación!, invitándonos a la Confesión, a la rectificación de la vida.

Jesús se dirige al ciego y le pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?» Estas palabras de Jesús son impresionantes: el Hijo de Dios ahora está frente al ciego como un humilde siervo. Él, Jesús, Dios dice: “Pero, ¿qué cosa quieres que haga por ti? ¿Cómo quieres que yo te sirva?” Dios se hace siervo del hombre pecador, como nosotros. Y el ciego responde a Jesús no solo llamándolo “Hijo de David”, sino “Señor”, el título que la Iglesia desde los inicios aplica a Jesús Resucitado.

El ciego pide poder ver de nuevo y su deseo es escuchado: «¡Señor, que yo vea otra vez! Y Jesús le dijo: Recupera la vista, tu fe te ha salvado». Él ha mostrado su fe invocando a Jesús y queriendo absolutamente encontrarlo, y esto le ha traído el don de la salvación. Gracias a la fe ahora puede ver y, sobre todo, se siente amado por Jesús. Cuántas veces puede sucedernos algo semejante a nosotros.

Por esto la narración termina refiriendo que el ciego «recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios»: se hace discípulo. De mendigo a discípulo, también este es nuestro camino: todos nosotros somos mendigos y tenemos necedad de la ayuda divina para salir de nuestro estado lamentable, en muchos casos.

Tenemos necesidad siempre de salvación. Y todos nosotros, todos los días, debemos dar este paso: de mendigos a discípulos. Y así, el ciego se encamina detrás del Señor y entrando a formar parte del grupo de los que le siguen.

Aquel que querían hacer callar, ahora testimonia a alta voz su encuentro con Jesús de Nazaret, y «todo el pueblo alababa a Dios».

Pero sucede un segundo milagro: lo que había sucedido al ciego hace que también la gente finalmente vea. La misma luz ilumina a todos uniéndolos en la oración de alabanza. Así Jesús infunde su misericordia sobre todos aquellos que encuentra: los llama, los hace venir a Él, los reúne, los sana y los ilumina, creando un nuevo pueblo que celebra las maravillas de su amor misericordioso por todos.

Dejémonos también nosotros llamar por Jesús, dejémonos curar por Jesús, perdonar por Jesús, acudiendo al sacramento de la Confesión y vayamos detrás de Jesús alabando a Dios, diciéndole, gritándole: ¡Señor, que vea! lo que tú quieres de mí y lo realice, con tu ayuda. Acudamos también al Ángel Custodio.
 

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