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Sensatez y visión de futuro

Como fieles creyentes de la integración centroamericana, en varias oportunidades nos hemos referido a aquella actitud visionaria de ilustres centroamericanos que, al poner en perspectiva el significado de la cooperación económica entre los cinco países, sentaron las bases para la unidad regional, algo que no se había podido lograr por la vía política ni militar. Al justipreciar los logros de este esfuerzo compartido, no hemos obviado las vicisitudes por las que ha pasado el proceso, desde la suscripción del Tratado General en diciembre de 1960, en Managua, Nicaragua.
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Sin embargo, resulta claro que ni los conflictos internos que vivieron tres países, ni las diferencias recurrentes entre Nicaragua y Costa Rica y ni siquiera la “guerra inútil” –como alguien calificó la corta batalla militar entre El Salvador y Honduras en 1968– han quebrado el proceso, aunque obviamente lo han debilitado temporalmente. El pragmatismo económico sin duda ha prevalecido en estos casos, estimulado, hoy más que nunca, por la necesidad que tienen los países de actuar como bloque ante un escenario internacional cada vez más complejo y desafiante. La suscripción del Protocolo de Tegucigalpa en diciembre de 1991 responde a esos desafíos, pues, a través del mismo, los gobiernos se comprometieron a hacer de la integración una región de paz, libertad, democracia y desarrollo.

No obstante, en los últimos años se ha observado un cierto alejamiento de los gobiernos de esos ideales. Es más, pareciera que dentro del bloque hay una tendencia a la fragmentación, al atrincheramiento alrededor de ciertas iniciativas y, probablemente, hasta diferencias por cuestiones de liderazgo, o, cuando menos, de visión. Infortunadamente, nuestro país –tradicionalmente considerado como el más integracionista de todos– no ha sido ajeno a esos desencuentros, por razones que muchos no logramos comprender.

Hoy nuevamente, propios y extraños se mantienen a la expectativa por la amenaza, yo diría irreflexiva, que han proferido altos funcionarios del gobierno hondureño contra El Salvador y Nicaragua. El caso adquiere matices preocupantes, especialmente porque coincide con similares disputas entre otros países, incluso de nuestro continente. La razón, por lo menos es lo que ha trascendido, las diferencias sobre los límites marítimos en el golfo de Fonseca.

Este caso está por supuesto enraizado en hechos históricos que pueden reivindicarse dentro del derecho internacional. Pero el problema deviene complejo, cuando se alzan voces belicistas con frecuencia atizadas por problemas internos pasajeros. Y esto es lo realmente grave, pues supone una alteración repentina y drástica de la coexistencia pacífica que debe existir entre países hermanos, en momentos en que como región deberíamos dar muestras al resto del mundo de que compartimos una visión para enfrentar con alguna solvencia las tareas del desarrollo. El caso también resulta paradójico, pues la explotación conjunta y racional de los recursos del golfo ha sido considerada por los propios gobiernos como una gran opción para impulsar el crecimiento y mejorar la calidad de vida de un gran conglomerado.

Pero en el escenario que estamos viviendo, donde las actitudes de provincia parecen estar floreciendo nuevamente, ¿quién es capaz de tomar el liderazgo para que la causa centroamericana se mantenga lo menos contaminada posible por la soberbia, la prepotencia y el desdén por todo lo que nos haría más proactivos y fuertes frente al resto del mundo? La pregunta no podemos obviarla porque no alude a un tema menor. En definitiva, se trata de nuestra viabilidad como comunidad –que muchos ponen de duda–, ya no digamos la de cinco países aislados y confrontados.

Al momento de escribir estas líneas pareciera que los ánimos han empezado a calmarse, especialmente por la actitud conciliadora de nuestro gobierno.

Con la fe puesta en el destino común de los centroamericanos, esperamos que nuestros gobernantes, imbuidos por un mismo ideal, actúen con sensatez y visión de futuro, antes de que la intolerancia, los intereses mezquinos y la razón de la fuerza destruyan los sueños de nuestros antepasados y de las generaciones futuras.

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