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Sentencia de muerte y vida

Toni tenía 18 años de edad cuando el juez le dictó sentencia, le disparó una pena de muerte y que para muchos sería el final de una historia marcada por la desgracia. Toni vio cerrarse las puertas de la calle y abrirse las de una cárcel, donde terminaría de hacerse adulto, saldría cuando cumpliese los 38 años de edad. Veinte pasaría tras las rejas por un crimen que no cometió. Su destino fue uno de los penales más peligrosos: Cojutepeque.
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Esta situación solo era el final de una historia de pobreza, violencia familiar y la graduación de una vida callejera de drogas, peleas y delincuencia que vivió desde que se marchó de casa a los 14 años de edad.

Toni llegó al penal muerto del miedo. Ahora no era entre adolescentes o jóvenes su encarcelamiento. Esta cárcel era de verdad, entre criminales curtidos por la violencia, donde todos tenían poco o nada que perder, un lugar que tiene sus propias reglas, la ley no escrita de cualquier prisión: ver, oír y callar, y vivir para contarla, si la ansiada libertad llega un día.

Unos meses después tomó dos decisiones importantes: su fe no sería encarcelada y le dio libertad, abrazó una idea de un Jesús que caminaba en los pasillos de la cárcel buscando seguidores.

La otra decisión fue una actitud militante de sus propios cambios. Aprender de lo poco que el sistema ofrecía: electricidad, soldadura, fontanero, mecánico y panadero. Lo que fuera. Se preparó cuanto pudo. Hasta que llegó el día que el sistema le evaluó y le dio una oportunidad: libertad condicional 10 años antes de cumplir su pena tras las rejas.

Con una libertad a medias, Toni trabajó con el apoyo de su madre; durmió en el cuarto de un taller, hizo trabajos de soldador, albañilería, pintó casas y fue ordenanza de una escuela. Hasta que un programa de la Dirección de Centros Penales le dio la oportunidad de estudiar inglés y computación. Se graduó del curso, pero quería más.

Bob Kendrick, un misionero norteamericano, siendo capellán de la Universidad Evangélica de El Salvador le facilitó una beca para estudios teológicos. La meta que a veces se alejaba por la falta de fondos para comer, trasladarse o sobrevivir, la alcanzó después de 5 años de estudios.

Desde hace algún tiempo ya no es Toni a secas, es el licenciado en Teología Toni Chávez López. Se casó y tiene tres hijas con su esposa. El Jesús que conoció en la cárcel le enseñó una forma distinta de vivir, pero que requiere actitud en movimiento.

Desde el año 2015, Toni ya no tiene que firmar su buen comportamiento en libertad condicional. Recobró su libertad. Lo que sí debe firmar y de eso no se salva son las tareas y los exámenes de sus estudiantes, a los que les enseña griego en las aulas universitarias, como catedrático del conocimiento, de la vida y como expresidiario, que sabe que la fe y la actitud son vitales para cambiar el rumbo de las cosas.

La mujer que se divorcia, el adicto que toca fondo, el empresario que lo pierde todo, el que sufre una pérdida mortal, cualquiera que sea la condición que encarcela a una persona no será, si se ve a tiempo, la oportunidad para un vuelo hacia un nuevo destino. El momento de despegar habrá llegado.
 

Tags:

  • Jesus
  • rehabilitacion
  • carcel
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