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Sentimientos ciudadanos...

¿Cómo nos sentimos? ¿Cómo se siente la ciudadanía? ¿Cuál es nuestro estado de ánimo? ¿Optimista? ¿Pesimista? ¿Nos sentimos con entusiasmo para encarar el nuevo día? ¿De salir de nuestras casas en busca del pan de cada día? ¿Cómo cree, señor político, que nos sentimos?
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Confundidos, nuestro mundo está panza arriba, el “cambio” es insoportable: areneros de paladines de sindicatos, frentudos amenazando con desmantelar sindicatos; funcionarios resucitados, con nuevos rostros, con nuevos trajes de Armani-to (el del pasaje), pero el léxico los delata; progresistas pasando recursos del erario a oligarcas; funcionarios mara-emprendedores; aprendices de profeta.

Con miedo, la incertidumbre nos está matando, si hay menos muertos ¿por qué siento tanto miedo? ¿Será que hay más espantos? Con temor, temor al hambre, al desempleo, ¿será que mañana comeré tres tiempos? ¿Y qué de los cipotes? Su salud, educación, manutención, cierran el negocio y me quedo en el aire, sin palo al que arrimarme, pa’l norte, no hay de otra.

Siento desconfianza, no creo lo que oigo, no creo lo que veo, ¿cómo creer? Si no hay día de Dios que no aparezca un nuevo caso, una nueva banda: se llevaron millones, incluyendo lápices y sacapuntas, bueno, ¡hasta los archivos se llevaron!; fotos de palacetes, bustos romanos (de la colonia Roma), diosas troyanas (del Troya Club), musas de aquellos augustos líderes hoy perpetuadas en grandes monumentos en la Monseñor Romero.

¡No hay! ¡No pida más, ingrato! ¡Confórmese! ¡Apriétese el cincho! Nos gritan los servidores públicos, cuando una papaya es un lujo mucho menos pollo frito; ir al Tunco con chofer y gastos pagados, ¡ah! el remoto sueño del turista salvadoreño, no nos queda más que gritar ¡cuando me gane la lotería! Pero ¿y cómo? Si no me alcanza para comprar un vigésimo... se vale soñar.

Nos dicen que la macroeconomía es envidiable, la micro economía igual, que estamos creciendo. ¿Y la socio micro economía? ¿La que le afecta al de a pie? La pobreza incrementa, la canasta básica más cara, no hay para pensiones, pero estamos bien, lo que pasa es que malinterpretamos los síntomas: el retorcijón de tripas no es el hambre, el dolor de cabeza no es la angustia, el insomnio no son las preocupaciones. Los salarios están mejorando, parece que sufrimos de aquel cálculo estadístico del promedio: dos personas ganan un promedio de tres mil cien dólares cada una, el problema es que uno gana seis mil y el otro doscientos.

Los programas de emprendimiento han producido extraordinarios resultados, una nueva clase de empresarios: el nuevo terrateniente es el corrupto, el nuevo empresario el delincuente. El medio ambiente, la madre tierra está agradecida de que la dejemos pelona; del aire, ni hablar, ya desarrollamos defensas contra la contaminación, los quinientos y pico de buses viejos no son un problema, entre más contaminan mejor, fortalecemos el sistema inmune, desarrollamos defensas, salvadoreños con fuertes bronquios... que corran vacíos los vejestorios, que cobren el subsidio que el pisto sobra. ¿Y el agua? Simple, no hay agua porque sin ley que la regule no llueve, préstamos y más préstamos, un chorro aquí, un chorro allá, pero es que sin ley, repito, no llueve, el mayor manantial está en el Salón Azul.

Razón tenemos en reaccionar con indignación cuando nos piden contraer obligaciones futuras: necesitamos doscientos, mejor novecientos, o mil doscientos, o cuatro mil millones de dólares, la trayectoria de nuestros servidores públicos en materia de responsabilidad y efectividad administrativa deja mucho pero mucho que desear, y para rematar, cuando se pregunta sobre el destino de los fondos las respuestas no son claras, son generalidades. ¿Qué necesitamos? Empleos, empleos reales, no dádivas gubernamentales.

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  • economia
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