Ser provida es ser promujer

Cuando escuchamos la palabra provida creemos saber lo que significa, pero no el sentido trascendental que lo integra.
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Lo podemos ver de una forma superficial o simplemente nos da igual, estamos muy ocupados en nuestras propias cosas y ya no tenemos tiempo para nada ni para nadie, argumentando que suficiente tengo con lo mío… y nos olvidamos del prójimo y del dolor ajeno.

Ser provida es algo mucho más fuerte y profundo que mueve el corazón, es una misión, una vocación sobrenatural que consiste en luchar y proteger a los más indefensos y vulnerables de la sociedad. No tiene que ver con religión, ni política, sino con justicia y esa justicia exige no solo que defendamos y promovamos la grandeza y el valor incomparable de cada niño que nace, -tomando en cuenta que cada vida tiene un propósito- sino que podamos persuadir a otros de difundir ese don sagrado de la vida humana.

Vivimos en una época donde nos hemos insensibilizado, un mal deplorable que acecha a la humanidad. ¿Cómo no sentir tristeza y frustración cuando escuchamos que hay muchísima presión y apoyo para legalizar el aborto, si sabemos que eso significa legalizar la muerte cruel y violenta de nuestros hermanos salvadoreños más pequeños? Y por desgracia este flagelo va creciendo cada día más.

Afirmaba San Juan Pablo II: “El aborto procurado es la eliminación deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepción al nacimiento”. Y continúa: “La percepción de su gravedad se ha ido debilitando progresivamente en la conciencia de muchos. La aceptación del aborto en la mentalidad, en las costumbres y en la misma ley es señal evidente de una peligrosísima crisis del sentido moral, que es cada vez más incapaz de distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando está en juego el derecho fundamental a la vida”. Y recalcaba: “Ante una situación tan grave, se requiere, más que nunca, el valor de mirar de frente a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre, sin ceder a compromisos de conveniencia o a la tentación de autoengaño”.

Hay una amenaza clara a la vida y a la dignidad de la persona. Debe ser respetada y tratada como persona desde el instante de su concepción hasta la muerte natural y a partir de ese momento reconocerle todos sus derechos, principalmente el derecho fundamental a la vida de una manera absoluta. Todo hombre abierto al bien y a la verdad debe defender esta verdad, el derecho a la vida no se debate. La muerte cruel y violenta nunca puede ser la solución.

El problema no es tanto de leyes sino de la “indiferencia” y del “relativismo.” De quienes creen que pueden decidir cuál es el bien y cuál es el mal. El problema es creer que el valor de una persona depende del valor que cada quien le quiera dar y endurecen su corazón contra la criatura, sin dimensionar el dolor profundo y el efecto devastador a que es sometida la mujer.

Hoy más que nunca evidenciamos el daño físico y psicológico que sufren las mujeres, una tragedia que va a terminar con su vida. Toda madre debe proteger al hijo en su seno, que está confiado a la protección y cuidado de esta, su misión es amarlo y protegerlo y no ser quien procure su eliminación. Desgraciadamente el vientre materno se ha vuelto uno de los lugares más peligrosos para un niño.

Ser provida es ser promujer. Como dice el reverendo padre Frank A. Pavone (director de “Priests for Life”): El mensaje provida no es “ama al niño y olvídate de la mujer”, ni tampoco “ama a la mujer, matando a la criatura”. La propuesta es: “¿Por qué no los amamos a los dos?”

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