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Ser rebelde

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Roberto Rubio-Fabián / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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La “buena rebeldía” suele producir buenos cambios. Rebelarse contra la creencia del mundo plano expandió fronteras, comercio y civilizaciones. De la misma forma que la rebeldía de Copérnico y posteriormente Giordano Bruno –en contra de la teoría geocéntrica y negando que la tierra era el centro del universo– expandió las fronteras de la teología, la filosofía, la astronomía. El cuestionamiento de Einstein a las teorías físicas basadas en la mecánica de Newton, donde solo lo que se toca y ve existe y es absoluto, abrió las puertas a un mundo de partículas que se comporta con leyes y dinámicas muy diferentes al mundo real tal como lo conocemos; mundo cuántico que viene siendo la base de los principales descubrimientos y avances tecnológicos de nuestros días.

No se trata de cualquier rebeldía. Se trata de la que surge de la curiosidad, del deseo de saber y ser más, del espíritu crítico constructivo, de la inconformidad ante lo establecido que no funciona, estanca o destruye. El ser rebelde no solo se mueve por la fe sino también por la duda, pues esta también mueve montañas; tampoco se aferra a verdades absolutas, sean estas políticas, socioculturales o religiosas. La rebeldía bien encauzada mueve y produce cambios positivos, remoza creencias, derriba paradigmas y edifica nuevos.

Necesitamos por tanto una fuerte dosis de rebeldía para cambiar esta sociedad en descomposición. Vivimos en una sociedad enferma, donde el crimen, la corrupción, el irrespeto a las leyes y a la convivencia humana son rutina, mientras la seguridad, la honestidad y el respeto son bienes escasos. Y la cura no vendrá tanto de lo conocido, pues hasta ahora lo conocido nos ha fallado. No vendrá de tal como está nuestra conocida partidocracia, pues es en gran parte responsable de nuestros males. Ni vendrá de cápsulas de resignación, fatalismo o docilidad.

La recuperación de nuestra convaleciente sociedad requiere de partidos políticos frescos, modernos, democráticos, con visión estratégica, honestos. Esto no saldrá silvestremente de las cúpulas actuales pues viven cómodas en las telarañas de lo establecido. La salud política no llegará si los virus del autoritarismo, del clientelismo, de las corruptelas, de las componendas, no son cuestionados y combatidos desde dentro por los militantes o desde fuera por la ciudadanía organizada.

Nuestra sociedad demanda rebelarse contra lo que la enferma. Esto requiere de personas/organizaciones con innovaciones políticas, con ideas/acciones que muevan nuestro parapléjico sistema político.

Si esto no ocurre, si el sistema político no se renueva y fortalece, si no se hace una limpia de los liderazgos corruptos, antidemocráticos e incapaces, nuestro cuerpo social seguirá enfermándose. Más aún, si el sistema y los partidos políticos (ahora tan desgastados y crecientemente rechazados por ya casi la mayoría de la población) no se refrescan y dan saltos de calidad, se estará abriendo la puerta ancha al populismo y a los líderes mesiánicos, tal como ha ocurrido en tantos países.

Si los liderazgos políticos y económicos no se dan cuenta de ello, y siguen en su zona de confort, y si por desgracia su irresponsabilidad y falta de visión permiten la irrupción del líder populista que se aprovecha del descontento a lo establecido, entonces más que nunca se necesitarán ciudadanos rebeldes que no se dejen engañar por los falsos profetas, cuya medicina será peor que la enfermedad.

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