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¿Será posible?

Tuvo que intervenir el amor para que yo llegara a tierra salvadoreña. Una tierra generosa, con buen clima y gente amable. El Salvador no estaba en mi lista de países por visitar, pero el destino quiso que viniera a vivir aquí a hacer mi vida.
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Aquí, existe un gran potencial de recursos naturales y humanos, siendo este último, particularmente importante para el futuro de esta nación, pequeña en territorio pero grande en posibilidades.

Resulta paradójico que un extranjero recién llegado tenga la capacidad de ver el potencial de El Salvador como un país repleto de gente con afán de servicio y ganas de hacerlo bien. Un país con fértiles tierras olvidadas por las manos de quienes solían cultivarlas y que ahora se cruzan de brazos a esperar la llegada de la remesa enviada por su hermano lejano para poder resolver su vida cotidiana.

Según cifras aportadas por Naciones Unidas, unos 60 mil salvadoreños han emigrado cada año. Estimándose que unos 3 millones viven en el exterior, la mayor parte de ellos en Estados Unidos.

Las matemáticas son muy sencillas, si el país actualmente tiene una población estimada en unos 6 millones y 3 millones viven fuera del país, esto significa que el 30 % de los salvadoreños vive fuera de su país. En otras palabras, 3 de cada 10 salvadoreños viven en el exterior.

Basados en esta cifra, se puede concluir que resulta imposible construir un país con su recurso humano en desbandada. Sencillamente, no es posible construir un país sin mano de obra y sin intelecto.

Yo puedo entender que los salvadoreños busquen un mejor futuro fuera de las fronteras de su país, porque yo también he emigrado en procura de mejoras a mi vida. También puedo comprender que la falta de empleos bien pagados, la violencia y la inseguridad sean motivos determinantes para salir del país en procura de mejorías, pero lo que no puedo entender es que miles de salvadoreños al emigrar lo hagan en las peores condiciones posibles.

Yo he visto de cerca las condiciones en las que viven y trabajan los inmigrantes centroamericanos en Estados Unidos, especialmente los ilegales, y les puedo garantizar que si bien ganan más dinero allá, sus condiciones de vida dejan mucho que desear.

Por eso me pregunto: ¿Vale la pena dejar a la familia y el hogar para salir mal preparados a buscar otra vida cuya única mejoría que ofrece es la de poder enviar remesas a su familia?

¿Es que acaso toda esa voluntad y energía no se pueden encauzar aquí mismo, en El Salvador, creando trabajo y empresas?

¿No será posible que los jóvenes salvadoreños que estudian en las universidades vean a su país como una fuente legítima de trabajo y de porvenir?

¿No será posible que más de 3 millones de salvadoreños regresen a trabajar para hacer de su patria una más próspera y mejor? ¿Será posible?

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