¿Serán?

Alguien debe devolver la decencia a la discusión política; eso incluye decirnos la verdad sobre la viabilidad del país y sobre cuánto nos costará el futuro...

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Gerente de El Gráfico Hay un velo de pesimismo sobre las elecciones, producto de dos nociones tristemente populares en nuestra nación: irrelevancia de la política y corrupción de los políticos.

En la práctica, el ejercicio electoral de 2017 es poco apasionante y su desenlace es predecible. En las legislativas, es imposible que el oficialismo conserve sus números en la Asamblea, aun con lo poco atractiva que es la oferta parlamentaria de su opositor. El desgaste de la imagen del FMLN es incuestionable, y ese es el principal capital de campaña de ARENA, pese a que su fracción ha estado a la altura apenas intermitentemente y a los episodios de locura propagandística de algunas y algunos.

Pero eso no significa mucho. Hace dos años y medio, el FMLN consiguió 13 mil votos más que ARENA a escala nacional, y solo el sistema de escaños por residuos le privó de tener fuerzas parejas en el parlamento; de 2018 no saldrá con mejor correlación, pero mientras conviva con GANA o cualquier otro vehículo igual de “voluble”, la aritmética legislativa no variará dramáticamente, al menos en el último año de gobierno (amén) de Sánchez Cerén.

Y sobre las municipales, la única elección de concejos con interés superior al de su municipio será la de San Salvador; gane o pierda la alcaldía, esa noche sabremos finalmente a cuánto asciende el voto duro del FMLN en la ciudad capital, dato de gran utilidad para todo el espectro partidario.

Muchos hablamos de estos eventos con el mismo interés que cuando hablamos del fútbol o del clima, pero con una mezcla de resignación y convicción acerca de lo irrelevante que son esos movimientos en el mando del primer órgano o de la cosa municipal. El sentimiento se multiplica cuando la conversación gira alrededor de la otra elección, la de 2019.

Ya conocemos el guion de la próxima presidencial. A nivel de discurso, “rescatar el país” vs. “defender los cambios”; a nivel emocional, convencer al país que aquella administración fue más ladrona que la mía, y viceversa. Y no más.

No más porque si FMLN y ARENA comienzan a explicarnos sus planes de seguridad, salud y educación para el quinquenio siguiente, no encontraríamos diferencias sustanciales. Sus principales discusiones durante esta década nacieron cuando desde el Estado o se afectaron intereses empresariales tradicionales o se benefició a nuevos capitales en la esfera de influencia del oficialismo. Pero cuando se trata de la gestión del recurso público para aliviar un poco a la población más vulnerable, los matices son ideológicos, puro maquillaje. Entre unos y otros, la represión con desparpajo castrense despierta más pasiones que el vaso de leche.

Por eso es que la política nos interesa cada vez menos. Claro, es culpa de los políticos, de su descaro, de su falta de compromiso y de un etcétera que Guillermo Gallegos alarga cada vez que puede. Pero sobre todo se debe a que la política se alejó tanto de las necesidades de la nación, que no conmueve sino negativamente la vida de la gente.

Alguien debe devolver la decencia a la discusión política; eso incluye decirnos la verdad sobre la viabilidad del país y sobre cuánto nos costará el futuro, y quiénes más ayudarán a la clase media a financiarlo. Pero, ¿serán los políticos?

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