Si cada quien hace lo que le corresponde los problemas tienden a entrar en la ruta de las soluciones

El sociólogo y activista brasileño Betinho tenía una breve historia moralizante que es siempre muy aleccionadora, y que se puede resumir así:
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Si cada quien hace lo que le corresponde los problemas tienden a entrar en la ruta de las soluciones

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Si cada quien hace lo que le corresponde los problemas tienden a entrar en la ruta de las soluciones

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De pronto se desató un gran incendio en el bosque y todos los animales salieron en estampida; y en ésas estaban cuando vieron pasar un colibrí que llevaba el pico lleno de agua. Los grandes animales que escapaban le preguntaron con burla si creía que con esas gotitas era capaz de sofocar los fuegos extendidos; y él les respondió humildemente que eso era lo que él podía hacer, y que si todos hicieran lo propio había posibilidad de éxito. Lección de lo que significa asumir la propia responsabilidad con espíritu cooperativo.

En la situación salvadoreña actual es más vigente que nunca la sencilla lección de Betinho, porque lo que estamos viendo a diario en el ambiente es lo contrario de la interacción espontánea que deriva de una forma de convivir que busque producir efectos verdaderamente comunitarios. Tenemos que partir de que la sociabilidad no es algo que fructifica en forma mecánica: hay que construirla en el día a día, con voluntad y con tesón, porque no olvidemos que “cada cabeza es un mundo”, y, por consiguiente, hasta los conglomerados más sencillos son galaxias con infinidad de reflejos, palpitaciones y matices.

Si algo se ha deteriorado persistentemente en las últimas épocas en el mundo es la educación de la voluntad y del carácter. Signo inequívoco de ello son los trastornos que se multiplican por doquier, en los que inciden de manera directa las actitudes y los propósitos de todos aquellos que quieren obtener resultados beneficiosos, al costo que sea. Un ejemplo muy elocuente de ello lo tenemos, en estos días, en la situación de la política española, que va al garete porque no hay líneas de conducta y de gestión que respondan al buen juicio y no a la ambición arrogante. Y es que la política, como todo, se contamina mucho más fácilmente de los vicios que de las virtudes, y en estos tiempos de expansionismo global en todos los órdenes eso es aún más notorio. De esto no se escapan ni los que son o han presumido ser de los más “civilizados”, así entre comillas, no por ánimo despectivo sino con propósito ilustrador.

La clave, en todo caso, así como lo expresa la pequeña historia del colibrí de Betinho, consiste en que cada quien cumpla con lo que le toque, independientemente de su condición socioeconómica, de su formación cultural o de su ideario personal. Es la cultura de la responsabilidad, que determina lo que cada quien pueda lograr para sí mismo y para el entorno social y nacional al que pertenece. En esta era de consumismo extremo y de queja sistematizada, lo que se privilegia no es el esfuerzo sino el reclamo. Por eso es que el mundo está como está y por eso es que nosotros estamos como estamos. Se han ido disolviendo en todas partes los fundamentos de la disciplina de vida, y pareciera que el orden es una camisa de fuerza a la que hay que resistirse sin más. Veámoslo bien: hay un heroísmo también nuevo, que es el de los que se animan a construir su propia vida, y así contribuyen a construir la vida común.

Seamos propositivos y proactivos, en primer lugar en referencia al propio destino personal, que es donde está el vivero de todas las otras realizaciones. Si no hay destino personal –es decir, si no hay autorrealización— no puede haber destino colectivo autorrealizable. Y todo, bajo el signo de la excelencia. Recuerdo que nuestro inolvidable maestro don Rubén H. Dimas nos decía cada vez que había un hueco en el horario: “Si vas a ser el barrendero del pueblo, tienes que ser el mejor barrendero de todos”. No es la tarea, sino la forma en que se realiza.

Esa es la filosofía de vida que tendría que imperar para que el país –este vibrante, radiante y desafiante país al que pertenecemos y que nos pertenece—sea lo que debe ser. Hay que querer que sea así, porque el que quiere puede.

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