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Si en el país la incertidumbre y la desconfianza continúan imperando nuestro futuro seguirá en veremos

Muy especialmente en los ámbitos gubernamentales e institucionales, no puede haber certidumbre si no hay planes habilitados ni procedimientos preestablecidos. La certidumbre nace de la previsibilidad y de la concreción.

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En El Salvador, la volatilidad, la inseguridad y la anormalidad han ido tomando carta de ciudadanía a lo largo de toda esta época posterior al conflicto bélico, y los vaivenes de la alternancia, que desde luego es positiva en sí, han contribuido a que todas esas condiciones desequilibradoras se mantengan y se profundicen. Estamos ahora en una coyuntura que trae novedades al funcionamiento del esquema nacional, tanto en lo político como en lo socioeconómico. Lo que se impone, entonces, es asegurar estabilidad, garantizar seguridad y propiciar normalidad. Se trata de un objetivo múltiple que sólo puede tomar forma y arraigo si se prepara el terreno para ello y se producen las siembras y las fertilizaciones que habiliten la funcionalidad de dicho terreno.

En cualquier plano de la realidad y en cualquier tiempo o latitud, cuando lo que prevalece es la incertidumbre aparejada a la desconfianza no hay cómo potenciar los mecanismos del verdadero desarrollo, y eso lo tenemos visto y probado en todas partes. Desde luego, construir certidumbre y cultivar confianza son tareas de amplio espectro y de largo alcance, lo cual significa que no es posible manejarlas como simples medidas de política coyuntural. En tal sentido, la Administración que está hoy en funciones debe asumir dicho reto, que le es insoslayable por la misma naturaleza de la etapa evolutiva en la que estamos inmersos, con la claridad necesaria y con la apertura conveniente para que los esfuerzos que vayan dándose en diversas áreas no se pierdan en el camino. En esto nadie debe perderse, empezando por los responsables de la conducción nacional.

En todo momento, y bien sea que se trate de corrección de lo que ocurre o de prevención para que lo indeseable no vaya a pasar, hay que hacerse la pregunta esclarecedora: ¿Qué habría que hacer para que haya certidumbre y se propicie la confianza? Y las respuestas al respecto tienen que ser precisas y concluyentes. Lo primero es descifrar la realidad de cada específica coyuntura con toda la precisión que las circunstancias determinen; lo segundo es aplicar los tratamientos que la naturaleza de la respectiva actualidad determine; y lo tercero es actuar en todo caso con la seriedad y la sensatez que le den las debidas garantías a todo el proceso.

Muy especialmente en los ámbitos gubernamentales e institucionales, no puede haber certidumbre si no hay planes habilitados ni procedimientos preestablecidos. La certidumbre nace de la previsibilidad y de la concreción.

Tampoco puede haber confianza si las formas de proceder y los métodos de activar son volátiles o arbitrarios. En otras palabras, la confianza se construye a partir de las conductas, y éstas deben ser en todo momento consistentes y ejemplares.

En nuestro país hemos venido padeciendo una crisis crónica tanto de certidumbre como de confianza, y eso ha hecho que no se puedan articular políticas de largo alcance que respondan a nuestras necesidades de sana evolución.

Estamos en un momento de desafíos muy relevantes, de cuyos desenlaces depende la suerte de nuestro futuro nacional. Hay que empeñarse, pues, en el cambio de rumbo que la ciudadanía viene reclamando con tanta insistencia.

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