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Si hubiera más compromiso de país de seguro la mayoría de nuestros problemas se hallarían en una fase muy distinta

La ciudadanía está ahogándose en sensaciones negativas, y eso lo primero que estimula es el ansia de emigrar, al costo que fuere.
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Si algo está presente en el día a día del país es la sensación de que cualquier cosa puede pasar sin que haya forma segura y confiable de prevenir las acciones que tienen a la ciudadanía prácticamente en condición de rehén. Dicha sensación es de seguro el factor más desestimulante del vivir normal, y al ser eso lo que predomina es muy fácil identificar la frustración que invade la atmósfera en la que todos nos movemos, con independencia del nivel socioeconómico y de las ocupaciones a las que cada quien se dedique. La ciudadanía está ahogándose en sensaciones negativas, y eso lo primero que estimula es el ansia de emigrar, al costo que fuere. Es casi imposible, entonces, emprender esfuerzos verdaderamente significativos de remediación de las circunstancias actuales sin poner en marcha un compromiso de país que parta de una nueva forma de vernos a nosotros mismos como comunidad nacional.

Ese compromiso de país al que hacemos referencia no es cuestión de declaraciones ni de gestos ocasionales, sino de demostraciones constatables en los hechos, de tal manera que se pueda comprobar que desde todos los ángulos del cuerpo social se están produciendo iniciativas conducentes a asegurar la buena marcha del país en sus diversos órdenes. Porque, en definitiva, lo más importante es que todo lo que ocurra en el ambiente esté dentro de una línea de coherencia y consistencia que vaya conduciendo de manera clara y certera hacia el logro constante del supremo objetivo, que en toda circunstancia es el bien común.

Una de las cosas que más dispersan dicho avance es el concentrarse a cada paso en lo que sucede a diario, como si la realidad no tuviera un hilo conductor que atraviesa todos los problemas día tras día. En el país nos hemos acostumbrado a ir de salto en salto, y eso es lo que más atenta contra la coherencia y la consistencia a las que antes nos referíamos. Sin desatender lo cotidiano, hay que poner las energías necesarias en el curso continuado del proceso que vivimos.

Propiciar y asegurar lo anterior exige incrementar constructivamente ese compromiso de país al que estamos aludiendo: el compromiso de poner, en todo caso, el interés de la colectividad en la primera fila de todos los esfuerzos nacionales, sin dejar de lado los intereses sectoriales y los intereses ciudadanos personalizados, de tal manera que se garantice un equilibrio de intereses conforme a los principios y a las reglas que la democracia provee, teniendo siempre como elemento ordenador el imperio de la ley, que en ningún caso puede dejarse de lado.

Lo que queremos subrayar es que no se trata de hacer un ejercicio mecánico ni en lo político ni en lo económico ni en lo social. Todo tiene que encajar en una metodología articulada, que no responda a posiciones parcializadas por las ideologías ni mediatizadas por los propósitos de poder. Es, en el fondo, un compromiso de racionalidad, del que nadie puede estar ajeno, bajo ningún argumento.

Las diversas complicaciones que se van presentando en el escenario nacional, aparte de agregar desafíos cada vez más complejos, traen también estímulos para arribar lo más pronto posible a ese compromiso de país que nos pondría en otra dimensión de la realidad, no para hacer las cosas más fáciles sino para estimular su mejor tratamiento.

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