Si la economía no crece en forma significativa no hay cómo salir del estancamiento que el país padece en general

Pongámonos a trabajar de inmediato al respecto, para ver lo más pronto posible los frutos de un esfuerzo verdaderamente responsable y eficaz. El país lo necesita y lo merece.
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Según datos oficiales, durante 2014 la recaudación neta de impuestos tuvo un significativo descenso, pese a los nuevos impuestos decretados recientemente; y, en contraste, los gastos públicos continuaron creciendo. Esto se refleja en una angustiosa necesidad de liquidez, que siempre se busca resolver por la vía del endeudamiento de corto plazo. Todo ello es resultado directo de la modorra económica que vivimos, y que desde luego a quienes en primer término afecta es a los ciudadanos, cuyas condiciones de vida se vuelven cada día más complicadas e insatisfactorias, con los efectos sociales que naturalmente se presentan. Y lo anterior, para colmo, le da alas a un populismo sin futuro, que enreda aún más las finanzas y le resta todavía más posibilidades a la verdadera inversión social.

Los signos del comportamiento económico son inquietantes y en muchos sentidos alarmantes; y aunque desde el poder se quiera restarles trascendencia, lo cierto es que ya no hay cómo escapar al desafío de fondo, que consiste en mover todas las fuerzas nacionales hacia un replanteamiento integral de la estrategia para activar la economía en la medida necesaria. Ya está visto, sabido y comprobado que con medidas de coyuntura no es posible salir del atolladero, y menos aún cuando dichas medidas están marcadas por la conveniencia política del momento. Esto es lo que se ha venido haciendo en los tiempos recientes, y lo que tenemos como efecto es la profundización de las señales críticas y de los resultados adversos.

No nos podemos quedar de brazos cruzados cuando las cifras señalan que las condiciones económicas se deslizan en una erosión que puede ser mayor o menor según los momentos que se analicen, pero que mantienen la tendencia hacia el deterioro. Una nueva visión tendría que salirle al paso a esa curva descendente. Y hay temas muy precisos a los que habría que dedicarles especial cuidado, como es el referente al clima de inversión, que continúa marcado por las diversas inseguridades e incertidumbres que circulan por el ambiente. Si los ánimos no son estimulados como se debe, las acciones no pueden responder como se quiere.

Si bien es comprensible que cuestiones muy concretas y circunstanciales, como los procesos electorales al hilo que hemos tenido en 2014 y en 2015, hayan acaparado prácticamente toda la atención nacional, hay que tener bien claro que las cuestiones básicas no pueden ser dejadas a un lado, porque de hacerlo así todo lo demás tiende a trastornarse. Ahora mismo se abre un espacio político para entrarles a fondo y sin dilaciones a los problemas principales, y el del crecimiento económico es sin duda uno de los más apremiantes. Hay que aplicarse a ello, pues, sin excusas ni pretextos. Por el contrario: con determinación y oportunidad.

Es momento de dejar definitivamente atrás los prejuicios que vienen determinando el enfoque y el manejo de las políticas económicas. Está comprobado hasta la saciedad en todas partes que la economía crece y prospera cuando está fundada en el régimen de libertades. Y si nosotros tenemos una democracia que busca hacerse cada día más funcional, son esas libertades las que deben fertilizarlo todo, comenzando por la actividad económica.

Pongámonos a trabajar de inmediato al respecto, para ver lo más pronto posible los frutos de un esfuerzo verdaderamente responsable y eficaz. El país lo necesita y lo merece.

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