Si la extorsión no se controla y erradica cuanto antes, todo el esquema productivo nacional se seguirá erosionando progresivamente

Uno de los flagelos que ha tomado posesión del ambiente de una manera cada vez más penetrante y devastadora es la práctica de la extorsión, que se filtra por todas partes sin que hasta ahora se hayan podido dar estrategias de combate de la misma que resulten eficaces y convincentes.
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El crimen organizado hace de las suyas en el ámbito nacional, y su expansión agresiva constituye evidentemente uno de los signos más depredadores y desalentadores que padecemos. La organización del crimen tiene muchas expresiones, que se van multiplicando y sofisticando en la medida que se deja de hacer lo necesario para contrarrestar sus avances de manera efectiva y sustentada. Estamos en la ruta del narcotráfico y eso incide sin duda en la proliferación de las manifestaciones criminales, y, por otra parte, el despliegue creciente de las estructuras pandilleriles se suma al fenómeno como un factor cada vez más actuante y determinante. Todo esto ha venido formando una especie de contrapoder que reta permanentemente a la autoridad con todo lo que tiene a su disposición, hasta hacer del país un campo de batalla abierta y despiadada en el que cualquier victimización puede ocurrir.

Uno de los flagelos que ha tomado posesión del ambiente de una manera cada vez más penetrante y devastadora es la práctica de la extorsión, que se filtra por todas partes sin que hasta ahora se hayan podido dar estrategias de combate de la misma que resulten eficaces y convincentes. Lo más grave de esta invasión criminal es que afecta directamente a las personas, a los esfuerzos productivos que éstas realizan y a todo el tejido económico nacional. Las pandillas son los agentes principales de este fenómeno tan nocivo, pero el efecto de contagio hace que hoy muchas personas, sin ser de pandillas, se dediquen también al “negocio” fácil y lucrativo.

Cuando se habla de implementar iniciativas institucionales para atacar de veras el accionar del crimen hay que referirse siempre a la política de combate contra la plaga de la extorsión. Ahí está una de las principales fuentes de sostén y de enriquecimiento de los grupos criminales, y poco va a lograrse en otras áreas si no se ataca a fondo y sin contemplaciones esta cadena nutritiva de la criminalidad. Información básica disponible hay más que suficiente, porque en las comunidades se sabe quién es quién; y ahí tendría que entrar en juego el trabajo de investigación y de inteligencia de las instituciones encargadas de perseguir, controlar y castigar las conductas delictuosas de la índole que fueren. Y es que no es razonable basar la persecución de este delito en la denuncia de las víctimas, cuando éstas se hallan expuestas hasta a las más sangrientas represalias.

Es incomprensible cómo hasta la fecha, pese a que hay disposiciones activas al efecto, no se ha podido impedir que los centros penales sigan siendo lugares protegidos desde los que se dan buena parte de las órdenes de delinquir que luego se cumplen en el terreno. Si se cortara ese flujo, la extorsión de seguro podría ir yendo a menos; y también hay que hacer una persecución mucho más sistemática de los recursos que los delincuentes acumulan por medio de la extorsión, independientemente de las cantidades que sean.

Para darles tratamientos articulados a todos los aspectos de tan enredada problemática es que se está necesitando, con una urgencia que se reitera hasta la saciedad, el plan de lucha antidelincuencial puesto constantemente al día, porque el crimen es experto en disfrazarse, reciclarse y hallar rutas alternas para obtener sus fines. Lo más cierto de todo es que no hay alternativas válidas al compromiso integral que las circunstancias demandan. Como dice la sabiduría popular, para mañana es tarde.

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