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Si los valores no recuperan protagonismo en el vivir cotidiano nada de lo que se haga tendrá sustento

Ante la crisis existencial que se propaga por todas partes ya es hora de reconocer sin reservas que los valores no son términos abstractos opcionales sino imperativos prácticos insoslayables.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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En nuestros días, lo que se está experimentando en los diversos planos de la realidad, desde lo más amplio hasta lo más inmediato, es un abierto y perturbador contraste entre lo que ocurre en los planos de la ciencia y de la tecnología y lo que se da en los ámbitos de las actitudes y de las conductas. Coexisten así lo sorprendentemente proyectivo con lo patéticamente regresivo. En lo que se refiere a los comportamientos humanos, la solidaridad no ha dejado de existir, pero tiende a manejarse en forma calculada y con propósitos interesados; el respeto se va distanciando cada vez más de las prácticas usuales como si fuera convirtiéndose en planta de invernadero; la urbanidad ni se enseña ni se cultiva, haciendo que la aridez más ríspida se apodere de todos los espacios de interrelación, desde las estancias familiares hasta los círculos públicos; y ya no se diga cómo se va volviendo exótica la compasión y con cuánta facilidad proliferan las tentaciones perversas y los vicios infames...

Aunque ahora todos, quién más quién menos, estamos voluntariamente expuestos a la dependencia obsesiva de la comunicación digital, siempre habrá algún momento para preguntarnos: ¿En qué mundo vivimos y en qué mundo quisiéramos vivir? Vivimos en un mundo que tiene cada vez menos fronteras, materiales pero que al mismo tiempo sufre cada vez más fronteras mentales. Esto casi nunca se reconoce en su compleja simplicidad, y por ello una de las características de esta época es la ausencia de análisis verdaderamente reveladores de lo que está experimentando el ser humano del presente como gestor de una realidad que es, en tantos sentidos, innovadora sin proponérselo.

Y al plantearnos la interrogante sobre el mundo en que quisiéramos vivir, lo que nos asalta al instante es la ansiedad por los vacíos existentes y la necesidad de recuperar un proyecto humano que tenga capacidad de futuro. Entonces, en la pizarra de la conciencia individual y colectiva se dibuja un término vital: Valores. Ante la crisis existencial que se propaga por todas partes ya es hora de reconocer sin reservas que los valores no son términos abstractos opcionales sino imperativos prácticos insoslayables. El catálogo de los valores es extenso y se refiere a múltiples áreas del comportamiento humano, pero aquí nos interesa destacar uno de esos valores en especial, por su significación relevante al máximo en las condiciones actuales: el valor Respeto.

No es posible lograr la convivencia pacífica en cualquier realidad humana imaginable si los integrantes del cuerpo social correspondiente no se preparan para que dicha convivencia sea verdaderamente tal con todos los elementos de sanidad interactiva que son indispensables. En ese orden, el respeto mutuo se vuelve la palanca virtuosa por excelencia, ya que al existir respeto puede haber movimiento de voluntades positivas y al no haberlo lo que prolifera es la conflictividad destructora de la armonía posible. Esto último es por desgracia lo que prevalece entre nosotros, y no sólo en la política –donde es una especie de plaga ingobernable– sino en prácticamente todos los órdenes del diario vivir.

Los valores bien asumidos y bien practicados constituyen la mejor receta de la paz y del progreso. Esto hay que inculcarlo y promoverlo desde la más temprana infancia en todos los niveles sociales. No hacerlo así es fomentar desde las raíces el descontrol y la violencia, que son hoy los motores malsanos de este desajuste generalizado que tanto nos ahoga. Hay que hacer que la racionalidad bien administrada asuma el rol conductor de las vidas de todos y del vivir comunitario en sus diversas manifestaciones.

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