Si no hay eficiencia institucional suficiente y actualizada no puede haber desarrollo como se necesita

Como los hechos mismos lo demuestran a cada paso, hay significativos problemas no resueltos y poca coherencia a la hora de encararlos; y ahí habría que poner los énfasis del trabajo por hacer.
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Lo que la ciudadanía viene percibiendo de manera reiterada es que la institucionalidad gubernamental no funciona como debe ser; y tal sensación lejos de disminuir se ha incrementado en los tiempos más recientes. Esto hay que enlazarlo con la opinión mayoritaria que considera que el país va por el rumbo incorrecto. Ante tal esquema de percepciones no vale refugiarse en la falsa justificación de que lo que hay es un ataque orquestado por los adversarios políticos, porque eso sería querer tapar el sol con un dedo. Como los hechos mismos lo demuestran a cada paso, hay significativos problemas no resueltos y poca coherencia a la hora de encararlos; y ahí habría que poner los énfasis del trabajo por hacer.

Si bien es cierto que a todos los representantes que llegan a hacerse cargo de la gestión pública en los más altos niveles del aparato estatal hay que darles de entrada el beneficio de la confianza, esta tiene que ser confianza crítica y demandante de resultados, porque esa es la forma en que se opera responsablemente en la democracia. Mencionábamos antes el término coherencia, y en él se concentra sin duda la principal falla metodológica por resolver. Sin coherencia no puede haber eficiencia, y sin eficiencia todo acaba en el desperdicio.

La improvisación y la dispersión han estado desde siempre a la orden del día; y si esto no se corrige y se trasciende, el país continuará atascado mientras otros países del entorno inmediato están respondiendo sin tardanza a las oportunidades del momento. Ahora mismo está empezando a desplegarse el FOMILENIO II, y eso abre una nueva puerta hacia el desarrollo territorial y nacional; pero si no hay continuidad en el esfuerzo, pasará como con FOMILENIO I, que hoy es una especie de fantasma de lo que pudo ser, porque el seguimiento nacional ha sido irrelevante.

No avanzaremos hacia el desarrollo por impulso automático: hay que poner en el terreno las condiciones para que eso se dé. El Gobierno tiene que ser eficiente y las fuerzas productivas privadas tienen que responder con todo su impulso creativo. Todo ello dentro de un espacio de colaboración que catapulte todas las energías nacionales hacia las metas del progreso en secuencia continua. La iniciativa integradora tiene que partir del sector público, que es donde han estado los obstáculos principales para la acción concertada.

Al Gobierno le corresponde asegurar la eficiencia en todos los ramos de la Administración pública, porque sobre todo en las condiciones actuales lo que se impone, sin ninguna alternativa, es hacer que toda acción esté en armonía con la realidad. Una realidad que demanda gobernabilidad ejercida en clave de consenso para que pueda producir los frutos requeridos.

Lo preocupante es que los días van pasando y los propósitos declarados de entrar en la ruta del entendimiento intersectorial a fondo se van quedando en declaraciones o a lo más en proyectos parciales. Debería ser ya inequívocamente evidente para todos que de estar anclados en el aislamiento nadie puede sacar ventajas, ni siquiera electorales. La ciudadanía está comprendiendo con mucha más claridad que las fuerzas políticas el riesgo depredador de seguir en las mismas. Las cúpulas partidarias, que son las recalcitrantes defensoras de lo indefendible, tienen que aceptar la lógica democrática si quieren evitar su propio desastre.

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