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Si no hay saltos de calidad en el crecimiento económico, el país seguirá entrampado

Por experiencia vivida en todas partes y en todas las épocas, se sabe que la aceleración efectiva del desarrollo nunca viene con recetas mágicas ni por impulsos providenciales.
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Por más propaganda que se haga sobre mejorías puntuales en el área social y por más promesas que llenen los espacios de la campaña electoral en ebullición, lo cierto es que las condiciones tanto de desarrollo como de vida se mantienen atascadas desde que pasó el momento de respiro y aun de ilusión que vino al concluir el conflicto bélico. Son ya casi dos décadas de estar huérfanos de rumbo, y eso se ha traducido en diversas escaseces, especialmente de oportunidades y de perspectivas. Tal estado de cosas, que al volverse crónico lo infiltra todo, es el que debería ser la primera preocupación de todos los liderazgos nacionales, comenzando por los liderazgos políticos.

Por experiencia vivida en todas partes y en todas las épocas, se sabe que la aceleración efectiva del desarrollo nunca viene con recetas mágicas ni por impulsos providenciales. Todo hay que hacerlo con realismo y con creatividad debidamente entrelazados. Realismo para reconocer nuestras ventajas y nuestras debilidades, y creatividad para planificar y programar lo que hay que hacer en función de las correcciones y las proyecciones indispensables. Esto se concreta en dos preguntas claves: ¿con qué contamos para salir adelante? y ¿qué estamos dispuestos a hacer de eso con lo que contamos? Nunca ha habido en el país un esfuerzo que parta de tales cuestiones básicas, y por ello repetimos lo viejo conocido sin ninguna posibilidad de acercarnos de veras a lo nuevo por conocer. Es un círculo vicioso que ya parece una fatalidad histórica.

Este encierro mental y esta resistencia sistemática se ponen más en evidencia al estar en el escenario de una campaña presidencial como la presente, que por su propia naturaleza y por las demandas urgentes de la realidad es el espacio más propicio para plantear las estrategias de nación, en clave integradora. En la campaña no se ha hablado en realidad de los grandes temas y de los grandes problemas. Ha habido un continuo desgrane de ofertas menudas, que además no hay ninguna seguridad de que puedan ser cumplidas, porque los recursos no alcanzan, ya que hemos traspasado la fase de “coyol quebrado, coyol comido”, porque no hay coyoles que quebrar.

Todos los requisitos están dados para emprender cuanto antes un dinamismo nacional que conjugue y active tres componentes fundamentales: la productividad, la competitividad y la asociatividad. Para potenciar la productividad es indispensable poner en marcha un sistema de oportunidades, especialmente para los jóvenes, de tal manera que el talento deje de desperdiciarse. Para estimular la competitividad se precisa generar incentivos que nos hagan elegibles para la inversión, en comparación con países del entorno. Y para motivar la asociatividad hay que dejar atrás recelos y prejuicios, tanto en el interior como en el exterior.

Lo decisivo es darle sustento y combustible al crecimiento. Con porcentajes que no alcanzan ni el 2% del PIB no llegamos a ninguna parte. Hay que proponerse en serio, y con calendario en mano, alcanzar un 5, un 6, un 7%, de tal manera que haya cómo ir cambiando hacia mejor, y en forma progresiva y sostenible, las condiciones de vida para todos.

¿Por qué no hablan de cuestiones de esta magnitud y trascendencia los distintos aspirantes nada menos que a conducir el proceso nacional de aquí a 2019? Es incomprensible que no lo hagan, y ojalá que al pasar a ejercer el apremiante desafío de gobernar, tanto los que lleguen como los que no lleguen se apresten a trabajar en común para servir a los objetivos nacionales.

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  • crecimiento
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