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Si no hay verdadero sentimiento de pertenencia nacional no puede haber compromiso real con el progreso de la nación

Se habla constantemente de emprender esfuerzos destinados a impulsar el progreso en todas las áreas de la realidad nacional, y aunque no haya al respecto iniciativas que apunten en serio en esa línea, sí se hace sentir el imperativo de darles forma y de ponerlas en acción. Sin embargo, desde hace ya mucho tiempo hay un vacío creciente al fondo de todos los esfuerzos por enrumbar al país por la ruta del crecimiento y de la prosperidad, y ese vacío se debe fundamentalmente a la falta de un auténtico y sólido sentimiento de nación que actúe como motor emocional de todos los empeños por sacar al país adelante.
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Si no hay verdadero sentimiento de pertenencia nacional no puede haber compromiso real con el progreso de la nación

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Es evidente que los salvadoreños hemos venido perdiendo conciencia de Patria, y eso paradójicamente ha ocurrido a lo largo de todo el trayecto más reciente, desde que allá en los años 60 del pasado siglo se comenzó a perfilar una nueva época, en muchos sentidos traumática pero también de muchas maneras promisoria. Y es que sin duda la imaginería patriótica del pasado anterior se fue volviendo fantasmagórica cuando fueron quedando a la luz las distorsiones tradicionales del poder, y más aún por el hecho de que los impulsos revolucionarios de aquellos momentos estaban montados en la convicción de sustituirlo todo; es decir lo que podríamos llamar “el Síndrome del Primer Día de la Creación”: todo lo que hubo antes es la Nada y lo que viene ahora es el Todo. Ingenuidad mayúscula que provoca trastornos también mayúsculos, como se ha visto con las llamadas “Revoluciones” de la contemporaneidad. Humana, social y políticamente hablando, lo único que verdaderamente existe y se sostiene en el tiempo y en la vida es la evolución, a la cual hay que prestarle todos los apoyos y estímulos necesarios para que pueda desenvolverse de manera natural y constructiva. Lo primero, entonces, es el arraigo bien cimentado, que en lo que toca a una determinada sociedad, en este caso la nuestra, tiene un componente emocional insoslayable.

A eso nos referimos cuando ponemos énfasis en el factor pertenencia como elemento determinante para emprender un renovado impulso de proyección nacional. Basta revisar los ejemplos de los países que tienen bien arraigada su valoración propia para dar fe de que ese es un fertilizante de altísima potencia para todo lo que significa progreso y desarrollo. Lo que se llama amor patrio y orgullo autoinspirador son insumos que no pueden faltar cuando se trata de darle vida al empeño de ser mejores, como individuos y como colectividad. Si tales sentimientos se dejan de lado, como ha venido ocurriendo en nuestro país en el curso del tiempo, lo que se consigue es ir quedando sin raíces reconocibles, y por consiguiente a merced de las contingencias que trae consigo el flujo de la realidad. Esto es aún más riesgoso en los tiempos actuales, que están marcados por inestabilidades de todo tipo, como nunca antes.

El Salvador es una sociedad que desde hace ya bastante da la sensación y tiene la sensación de ir al garete. Esto no es producto de la adversidad, sino efecto de la irresponsabilidad. Es como si la suerte del país fuera algo que puede tomarse o dejarse al vaivén de las circunstancias, sin importar las consecuencias que se produzcan. No es de extrañar, entonces, que estemos cada vez más a merced de lo imprevisible, que es la peor situación en la que cualquiera puede estar. Ante tal panorama tan deprimente y peligroso habría que recuperar cuanto antes los valores de una auténtica pertenencia. En otras palabras, El Salvador tiene que ser revalorado como bien mayor de los salvadoreños, estén donde estuvieren. Y al respecto hay que recordar, reafirmándolo, que son los salvadoreños que viven fuera de nuestras fronteras los que están dando la lección más elocuente de amor al destino originario.

Tenemos raíces, aunque casi nunca nos animemos a identificarlas. Tenemos herencia, aunque vivamos cuestionándola sin escrúpulos. Tenemos identidad, aunque nos parezca borrosa. Tenemos destino, aunque no lo reconozcamos así. Y todo ese caudal de vida es lo que nos mantiene en pie.

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