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Si no se activa efectivamente el crecimiento económico no hay salidas viables hacia el desarrollo que necesitamos

El país necesita crecer, porque sin crecimiento no hay prosperidad; y dicho crecimiento debe tener los niveles suficientes para incidir significativamente en todas las otras dinámicas nacionales.
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La situación de las finanzas públicas nos pone a todos ante un reto que cada día se vuelve menos esquivable: el reto de poner en acción estrategias realmente funcionales para que la anormalidad financiera no siga siendo un lastre depresor de todos los impulsos de progreso en el país. El problema, por supuesto, no es exclusivamente financiero, ya que tal situación más bien representa un derivado de cuestiones más de fondo. Y en tal sentido, tenemos que enfocar cuatro factores que actualmente, y desde hace ya bastante tiempo, no responden a lo que se necesita para salir del atolladero y pasar a la viabilidad: esos interactuantes factores son productividad, competitividad, seguridad y sostenibilidad.

No le encontramos ninguna explicación razonable al hecho de que los principales actores nacionales, que son los que están más presionados por la realidad para dar respuestas eficientes a los problemas de mayor impacto en el ambiente, no se ocupen de hacerle sentir a la ciudadanía que puede estar segura del sano proceder de quienes la representan y confiada en el adecuado desempeño de los mismos. Cuando se van revelando abusos, excesos y desatinos de los que cumplen funciones públicas se profundiza el sentimiento ciudadano de frustración por la forma en que se desenvuelven las cosas en el país; y eso contribuye indudablemente a trastornar aún más la atmósfera nacional.

Lo que estamos requiriendo de entrada, en función de efectivizar los cuatro factores decisivos que mencionábamos en el primer párrafo, es tomar conciencia plena de la realidad en que nos movemos, para ya no seguir lanzando tiros al aire y revolviendo infructuosamente las mismas aguas. El país necesita crecer, porque sin crecimiento no hay prosperidad; y dicho crecimiento debe tener los niveles suficientes para incidir significativamente en todas las otras dinámicas nacionales. Nadie cuestiona el imperativo de crecer, pero nadie tampoco le entra a fondo a lo que debe impulsarse para que dicho crecimiento se dé en los hechos. Y es que hay una gran cantidad de frenos, la mayor parte de ellos obsoletos, que interfieren en el esfuerzo posible. El Estado es, al respecto, la principal retranca, cuando se anteponen intereses de la gestión de turno a las visiones que es preciso poner en marcha.

Es hora más que sobrada de dejar atrás, y sin posibilidad de retorno, los candados ideológicos de otro tiempo, como los que satanizaban la participación del sector privado en la actividad económica nacional. Los experimentos de remodelación revolucionaria han demostrado su inoperancia regresiva en todas partes, y las recentísimas experiencias fallidas del llamado Socialismo del Siglo XXI son la más elocuente muestra de ello. Sólo la sana y desprejuiciada interacción entre el sector público y el sector privado es capaz de generar progreso en los hechos, como puede constatarse fehacientemente en aquellas sociedades que han logrado de veras construir futuro bonancible y sin exclusiones.

Si no crecemos no podemos compartir progreso. Esa es una verdad pragmática que nadie debería desconocer, y mucho menos aquéllos que tienen el encargo de conducir al país. Hay que hacer conciencia de ello en todas las formas posibles.

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  • desarrollo
  • crecimiento financiero
  • economia

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