Lo más visto

Si no se procesan las neuras políticas no habrá posibilidad de que el país entre en fase de normalidad real y sostenible

La posguerra democratizadora ha traído una cantidad de experiencias y de desafíos que no tienen precedentes en nuestro desenvolvimiento histórico.
Enlace copiado
Si no se procesan las neuras políticas no habrá posibilidad de que el país entre en fase de normalidad real y sostenible

Si no se procesan las neuras políticas no habrá posibilidad de que el país entre en fase de normalidad real y sostenible

Si no se procesan las neuras políticas no habrá posibilidad de que el país entre en fase de normalidad real y sostenible

Si no se procesan las neuras políticas no habrá posibilidad de que el país entre en fase de normalidad real y sostenible

Enlace copiado
El Salvador es ahora mismo un laboratorio que merece bastante más atención que la que se le presta, tanto en el interior como en el exterior, de seguro porque los traumáticos acontecimientos cotidianos que se dan en el ambiente captan prácticamente toda la atención. Cuando hablamos de laboratorio nos referimos al hecho de que venimos generando dinámicas innovadoras desde los tiempos de la guerra. Ésta fue un caso especial dentro de los conflictos que se dieron en el ámbito latinoamericano, y su solución también lo fue. Desafortunadamente los salvadoreños somos antianalíticos por tradición, lo cual nos impide reconocer lo que en verdad nos está ocurriendo en momentos determinados.

Si el aprendizaje democrático hubiera merecido la atención debida en el ambiente, de seguro nuestro proceso y nuestro sistema habrían logrado evolucionar de manera mucho más espontánea y expedita. Preguntémonos de entrada: ¿Tenemos los salvadoreños conciencia clara y suficiente sobre lo que la democracia significa y exige para mantenerse vigente como tal? La respuesta ha venido estando cada vez más patente: Tal conciencia es difusa y por ende incongruente con la lógica natural del fenómeno democratizador.

Una de las características fundamentales de la democracia bien vivida es el manejo constructivo de las diferencias de todo tipo que se dan en cualquier sociedad. Esta fórmula deriva directamente de lo que se llama pluralismo, que no es sólo político sino que abarca todos los aspectos de la vida social, porque cuando se quiere, de cualquier manera que sea, manejar como uniforme lo diverso se está entrando en un artificio que no tiene sostenibilidad posible. Esa es la causa que determina el fracaso de los regímenes que, bajo la bandera que sea, aplastan la pluralidad de iniciativas económicas y sociales para erigir al Estado en dueño y señor absoluto. Los ejemplos deplorables los tenemos a la vista, con dramatismo que no deja dudas.

Si algo no ha ocurrido nunca en el país es el manejo constructivo de las diferencias, prácticamente en ningún ámbito de la realidad; y cuando las diferencias se enredan con la competencia política las cosas tienden a salirse de control, como ha ocurrido en el país. Y lo que hay que tener en cuenta con más precisión es el hecho de que la persistencia en la conflictividad obsesiva no fortalece a nadie sino que los debilita a todos, en especial en lo que se refiere a la capacidad de encarar los problemas que más gravemente aquejan al conglomerado; y al ser así, es la misma dinámica democrática la que resulta con más afectación.

Lo que se ha visto en el país sobre todo en los tiempos más recientes es el imperio de las descalificaciones. Y eso es producto, en primer término, de la distorsionadora tentación de anteponer la retórica a los hechos, con lo cual se entra inevitablemente en el trastorno de las prioridades concretas. La saludable cautela en el manejo público de las palabras sería lo más pertinente para no desactivar iniciativas antes de que comiencen a concretarse, como vemos de manera constante en la práctica cotidiana.

Todos deberíamos tener presente, y esto incluye por supuesto a los políticos, el sabio consejo de la sabiduría popular: La mejor palabra es la que no se dice. Y a esto tendría que sumarse otro consejo muy aleccionador: A palabras necias, oídos sordos. Con el agregado de alto riesgo de que las palabras una vez expresadas nunca se recogen. Por eso estar contaminando a cada paso en forma actitudinal y verbal la atmósfera de las interrelaciones equivale a socavar de antemano todos los esfuerzos que puedan ser emprendidos para generar efectos de armonía.

Queremos sin duda un país que funcione de la mejor manera posible, y para que eso se dé hay que activar la comunicación constructiva y dejar de lado todo artificio obstaculizador. No es difícil lograrlo si las voluntades correctas se ponen en línea.

Lee también

Comentarios