Si queremos que la estabilidad nacional se afiance en el tiempo hay que fortalecer las bases de la convivencia pacífica

Este debió ser un propósito básico desde los inicios de nuestra vida republicana, pero desgraciadamente para el país y para su población tal propósito nunca fue asumido con la debida responsabilidad.
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Después de sufrir por tanto tiempo las consecuencias de ser una sociedad dividida, hasta el punto de haber llegado a la máxima fractura que es la guerra interna, los salvadoreños estamos ante el desafío de integrarnos definitivamente como entidad nacional que pueda desenvolverse de manera constructiva en todos los órdenes de la vida en comunidad. Este debió ser un propósito básico desde los inicios de nuestra vida republicana, pero desgraciadamente para el país y para su población tal propósito nunca fue asumido con la debida responsabilidad. Otra hubiera sido sin duda nuestra suerte si los liderazgos nacionales se hubieran comprometido en sus respectivos momentos con el funcionamiento integrado de la nación.

La violencia que domina en tantos aspectos de la cotidianidad salvadoreña no es un fenómeno que surgió de repente ni por causas desconocidas: las raíces de la misma vienen de muy lejos y de muy profundo; y, por consiguiente, rastrear tales raíces con voluntad de identificarlas y de irlas extirpando en forma definitiva es labor no sólo pragmática sino patriótica. Cuando se empezaron a ver las primeras señales de que la organización del crimen estaba tomando posiciones en el ambiente, allá en los inicios de la posguerra, no se hizo nada concreto para contrarrestar tal avance, y los efectos depredadores de tal indiferencia culpable son los que hoy nos mantienen en la crítica situación prevaleciente.

Desde luego, hay que tomar cuantas medidas sean necesarias dentro del marco de la ley para atacar y erradicar todas las formas de criminalidad que proliferan en el ambiente; pero eso, para que pueda tener verdadera significación permanente, debe ser parte de una estrategia de amplio alcance en la que se tomen en cuenta factores sociales, económicos y culturales también en juego. Y justamente en lo que corresponde al componente cultural, se vuelve imperioso activar un concepto que estuvo en boga hace algunos años y que luego se dejó de lado como pasa con tantas cosas esenciales: la cultura de paz.

Dicha cultura debe ser promovida eficazmente en todos los sentidos, porque se trata de activar las oportunidades históricas que dejó abiertas la solución política de la guerra interna. Ha habido múltiples fallas y errores en el camino, y lo que ahora se impone cada vez con mayor apremio es la necesidad de superar las fallas y corregir los errores. Los liderazgos nacionales tienen al respecto una deuda histórica con el proceso, y la realidad misma los está conminando a saldarla. Es una deuda de lucidez y de eficiencia, ya que en ambos aspectos hay muchísimo por hacer.

Una cultura de paz concebida, divulgada y practicada como debe ser, conforme a los requisitos y a las exigencias de los tiempos actuales, tiene que instalarse en el centro de la conciencia nacional para que desde ahí irradie hacia todos los espacios de la convivencia. Este no es tema de divulgación superficial como muchos pudieran creer, sino compromiso de convicción profunda. La falta de una cultura de ese tipo es lo que ha venido despojándonos de los más valiosos insumos de la identidad y de la pertenencia. Hay que recuperar el amor comprometido con lo propio, por encima de todas las adversidades. La salvadoreñidad nos pertenece como nuestra mayor riqueza.

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