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Si queremos tener un país realmente mejor en todos los órdenes hay que erradicar los falsos conflictos y apostarles a las sanas prácticas

Hay que ponerse al servicio de las tareas que impone la realidad en cada fase del tránsito evolutivo. Y en esta fase lo primero es limpiar la mesa de residuos del pasado para identificar a cabalidad la agenda por cumplir.
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Que nuestro país necesita un reciclaje de fondo, prácticamente en todos los órdenes del quehacer tanto público como privado, es una verdad que los hechos mismos nos ponen frente a los ojos a cada instante. Tal necesidad no tiene nada que ver con los viejos proyectos de reconversión dizque revolucionaria y liberadora, que no pasaban nunca de ser recambios de poder con ánimo totalitario y obsesión de permanencia indefinida. Hoy el panorama de las posibilidades reales es muy diferente, y lo que las realidades y las circunstancias están demandando es renovación realista, que vaya buscándole rutas a la humanización de todos los dinamismos socioculturales y económico-políticos, que están tan contaminados por el deterioro de las costumbres y de las formas de relación interpersonal.

Afortunadamente en los tiempos que corren se va produciendo una especie de despertar de la conciencia ciudadana en lo que se refiere a estar en permanente monitoreo de lo que ocurre en los distintos ámbitos de la gestión pública, algo que era impensable hasta hace poco. Esto hay que dimensionarlo en su verdadera medida, no sólo para entender el presente sino sobre todo para visualizar el futuro. La ciudadanía no es un ente difuso y pasivo, como se ha considerado tradicionalmente en el país, sino el actor principal dentro del ejercicio democrático. No es por casualidad que los actores políticos se sienten ahora mismo en posición dependiente: es que el actor principal, que es la ciudadanía, posesionada de su rol, lo está ejerciendo por primera vez en su dimensión natural.

La dinámica política está cambiando, como corresponde cuando esa conciencia a la que nos referimos en el párrafo anterior se decide a asumir la función que la democracia le determina y que las necesidades de la democratización le ponen como tarea insoslayable. Una vez que se entra en serio en fase de reconocer, aceptar y acatar lo que la lógica democrática significa e implica, el proceso comienza a desenvolverse con normalidad creciente, aunque desde luego eso nunca se logre de la noche a la mañana y se requiera una dinámica progresiva en la que cada avance tiene efecto demostrativo y acumulativo. Si analizamos desapasionadamente lo que está pasando al respecto en el país podemos percibir que hay dinamismos nuevos que abonan a la buena marcha, como los que se refieren a una mayor transparencia, a un seguimiento más acucioso de las prácticas políticas y a una evaluación más atenta y acuciosa de las acciones gubernamentales.

Pero al no contar con una tradición democrática que nos sirva de base para encarar los desafíos del presente, los salvadoreños seguimos atrapados en una conflictividad que podemos calificar sin ambages como antihistórica. Sacudirse dicha rémora es vital para que seamos capaces de soltar amarras hacia el futuro, tal como lo demandan todos los signos de los nuevos tiempos. Acatarlo así constituye una responsabilidad nacional que traspasa barreras ideológicas y supera prejuicios heredados.

Hay que ponerse al servicio de las tareas que impone la realidad en cada fase del tránsito evolutivo. Y en esta fase lo primero es limpiar la mesa de residuos del pasado para identificar a cabalidad la agenda por cumplir.

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