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Si se quiere que la seguridad llegue a prevalecer en nuestro país hay que engarzar todas las iniciativas en un plan integral de largo alcance

No puede haber nada más desestimulante del progreso que no tener seguridad de nada, comenzando por lo que puede suceder en el día a día, incluyendo lo más elemental como el salir a la calle y el desplazarse en forma segura. Es de entender, entonces, que haya tanta cólera y tanto desaliento circulando por los distintos espacios ciudadanos.
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Se viene hablando desde hace ya largo tiempo del imperativo de contar en el país con un plan nacional que abarque todas las tareas por hacer en esta precisa etapa de nuestro proceso evolutivo, que presenta a la vez grandes oportunidades y delicados desafíos. Luego de la firma de la paz en 1992 ese debió haber sido el primer gran propósito estructural, de cara a una posguerra que sin duda, como efectivamente ocurrió, traía mucho trabajo remodelador por emprender de inmediato. No se hizo nada al respecto en aquel momento, y esa falla de percepción y de decisión es lo que más nos afecta desde entonces. Si se hubiera hecho un análisis a fondo de lo que se dio en el país por tanto tiempo para que llegáramos al desgarramiento bélico se hubiera podido tener el argumento básico para entender que la paz también había que construirla en el tiempo, en vez de hacer como si ya existiera y toda modernización necesaria conforme a la lógica del proceso pudiera ir dándose en forma automática.

En nuestro país, como en cualquier parte, todas las acciones referentes al seguimiento de la evolución nacional tienen que estar estratégicamente articuladas e irse desenvolviendo conforme a un plan concreto que contemple causas y consecuencias, sin dejar cabos sueltos ni rendijas al aire. Y si esto se requiere para todo, en lo que a la seguridad se refiere tal requisito es aún más apremiante, porque la seguridad es factor que incide de manera directa en todas las expresiones de la vida colectiva e individual. Dentro del plan nacional integral el tema seguridad demanda un capítulo de alto relieve, en el que se den los engarces precisos y suficientes sobre todo en lo que toca a la persecución del delito y a la prevención del mismo.

La seguridad es un estado de cosas que implica la conjunción de muchos componentes de la más variada índole, que tienen que desembocar en una sensación generalizada de que se tiene una vida normal en todos los sentidos. Lo que en verdad hemos venido perdiendo los salvadoreños es esa sensación de normalidad sin la cual todas las actividades entran en la perturbadora dimensión de lo imprevisible. No puede haber nada más desestimulante del progreso que no tener seguridad de nada, comenzando por lo que puede suceder en el día a día, incluyendo lo más elemental como el salir a la calle y el desplazarse en forma segura. Es de entender, entonces, que haya tanta cólera y tanto desaliento circulando por los distintos espacios ciudadanos.

Los sucesivos gobiernos han puesto en práctica planes dirigidos a atacar el auge criminal que viene creciendo a lo largo de la posguerra; pero hasta el momento ninguno de esos planes ha surtido el efecto anunciado, aunque algunos de ellos hayan tenido y tengan algunos resultados favorables. La limitación estriba en que no hay un hilo conductor que abarque todos los aspectos de la compleja problemática, que van desde la organización delincuencial de base hasta la gran cantidad de hechos criminales que saturan el día a día. No se trata de propagandizar iniciativas ni de hacer despliegues para generar expectativas entre la ciudadanía honrada: lo que se debe buscar es eficiencia comprobada en el terreno, con claros enfoques sobre la persecución del delito y sobre los mecanismos de prevención del mismo.

En tanto no se dé tal estructuración efectivizante seguiremos haciendo esfuerzos que a la postre resultan fallidos, lo cual complica aún más las cosas en este campo.

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